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Una vivencia inolvidable con profundas raíces espirituales han
sido todos estos años asistiendo a la misa diaria que oficiaba
el R.P. Mateo Andrés en la parroquia Jesús Maestro de esta
arquidiócesis de Santo Domingo. Cada mañana, a las 6:30, en
compañía de mí esposa acudíamos a esa parroquia al encuentro
con Jesús, confiados siempre en que recibiríamos como
aperitivo del P. Mateo, la interpretación de la Palabra de
Dios adaptada a nuestra realidad.
Fue tal la compenetración que tuvimos con él que en total
comunión vivíamos a plenitud el sacramento de la Eucaristía, o
más bien, el milagro que se produce en cada sacrificio en el
altar, donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la
Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La última vez que vimos
con vida al P. Mateo fue el viernes 30 de mayo de 2008, día
que como de costumbre, en las últimas semanas, por las
dificultades que tenía para caminar, lo llevábamos a la
residencia de Valle Llano donde residía con sus otros hermanos
de la Compañía de Jesús.
En ese momento crucial de su vida en el que entregaba su
ser por completo al Señor, no pudimos estar con él por
encontrarnos fuera del país. Sin embargo, sentimos su
presencia en cada momento en los días posteriores a su muerte
por los lazos tan fuertes de amistad que nos unían. Aunque de
temperamento muy fuerte y como se dice, español con malas
pulgas, el P. Mateo se dio a querer en todas las comunidades a
las que brindaba su consejo oportuno y celebraba en diferentes
días la Eucaristía. Me consta que en los últimos años estaba
empeñado en aplicarse a sí mismo los consejos que con tanto
acierto daba a otros en el área del comportamiento humano.
Estoy persuadido de que en el último trayecto de su vida se
preparó para tener un encuentro con el Padre y vivir a
plenitud todo aquello para lo que se preparó desde temprana
edad. Quedan los recuerdos y las enseñanzas del querido P.
Mateo Andrés, pero sobre todo su empeño en hacernos parte de
su proyecto de vida. ¡Cuánta falta nos hará! Querido padre
Mateo Andrés |