Un día
por la mañana, al amanecer, estaba Jesús en el templo y
mientras hablaba se le presentó una desagradable sorpresa,
según la describe la bella pluma del evangelista San Juan
( 8,1-11).
Los letrados y fariseos le trajeron una
mujer sorprendida en flagrante adulterio. “La ley
establece que mujeres como estas deben morir
‘apedreadas’. ¿Tu que dices?” (8,5) “...El que no tenga
pecado lance la primera piedra” (8,7b).
La respuesta de Jesús fue una sorpresa
para ellos. Unos tras otros se fueron retirando,
comenzando por los más viejos. Se quedaron sólo Jesús y
la acusada. Jesús le dice ‘Mujer’ ¿dónde están? ¿Ninguno
te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete y en
adelante no vuelvas a pecar (8, 10-11).
Esta mujer tan pecadora hubiera huido
avergonzada al oír los regaños de un líder religioso de su
tiempo, pero Jesús no se presenta ante ella como un juez
que condena, sino como un amigo que “no ha venido a
condenar al mundo sino a salvarlo” (Jn 3,17). Y que
ha “venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”
(Lc 19,10); “Yo he venido para que tengan vida y vida en
abundancia” (Jn 10,10). Pero las palabras de Jesús tan
amables pero tan sinceras, llega como un tiro certero y
pegan directamente en el corazón de aquella pecadora y la
estremecen.
Tú y yo somos pecadores y estamos
representados en esta mujer. Me imagino yo aquella mujer
llorando de la emoción y agradecimiento. La mirada de
perdón del Maestro que le había devuelto la vida y sobre
todo la dignidad personal. Ese es el
comportamiento de Jesús siempre y donde quiera: Atraer a
los pecadores con su bondad y su misericordia. Y en esto
deberíamos imitar a Nuestro Divino Maestro esmerándonos
por ser en nuestro trato, mansos y humildes como Él. Te
invito para que pongas tu mano derecha en encima del
corazón y repita conmigo esta frase y que a mí me ha ayuda
mucho: “Señor, Jesús, manso y humilde de corazón, has mi
corazón semejante al tuyo”.
Jesús nos muestra el corazón de Dios.
Sí, el condena el pecado, en lo adelante no vuelvas a
pecar, le da la absolución al pecador, cuya conversión
desea, para que arrepintiéndose tenga vida, como nos dice
el profeta Ezequiel, Dios no quiere la muerte del pecador
“sino que cambie su mala conducta y viva” (Ez 33,
11).
El corazón de Dios es bondadoso,
misericordioso, amoroso, generoso. Nosotros, en cambio,
tendemos a juzgar a los demás, acusamos y señalamos y
condenamos a los otros, incluso nos creemos mejores.
Decimos a veces, mi grupo es mejor que el tuyo, mi iglesia
es mejor que la tuya, mi congregación religiosa es mejor
que la tuya y siga usted añadiendo y verá que hay muchos
más.
Qué pena, ilusión estúpida y nos
olvidamos de la máxima de Jesús cuando nos recuerda:
“No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán
condenados” (Mt 7,1).
El perdón de Dios se abre a todos
nosotros en este día. Celebremos con gozo que él no nos
condena, sino que nos ACOGE y nos ama, como veremos en la
reflexión siguiente, en la parábola del hijo pródigo.
Hermano,
atendamos gozosos al llamado de Jesús, que hoy sigue
diciéndonos: “Vete y no vuelvas a pecar”. Que hoy podamos
reflexionar sobre nuestro pecado y acudir, ahora mismo, al
sacramento de la reconciliación.
Oh María, esperanza mía: haz que yo
logre imitar lo más perfectamente posible la amable
mansedumbre de tu querido Hijo.