1. ¿Por qué podemos afirmar que el espíritu
rompe las barreras de la diversidad de lenguas y
nacionalidades?
2. ¿Por qué el Espíritu nos ayuda a superar el
miedo y el espiritualismo?
3. ¿Por qué el Espíritu se convierte en
compañero de la comunidad comprometida con la
vida?
El Espíritu rompe las barreras de las lenguas y
de las nacionalidades
El Espíritu de Dios quiere que el
mensaje de salvación llegue a todos los hombres
y mujeres. Por eso, el día de Pentecostés, cada
persona hablaba su propia lengua y al mismo
tiempo cada persona entendía el mensaje de
salvación que proclamaban los enviados y
enviadas de Jesús en su propia lengua. Con esto,
el autor de los Hechos de los Apóstoles quiere
señalarnos que no hay barreras ni de fronteras,
ni lenguas, ni nacionalidades para recibir el
Espíritu de Dios.
Pentecostés era, en Israel, la
fiesta de la recolección de las cosechas. Los
judíos la llamaban la “fiesta de las semanas” (Shavuot)
porque se celebraba al terminar el período de 7
semanas (A partir de la fiesta de Pascua se
contaban 7 semanas por 7 días= 49 + 1= 50 días).
De ser una fiesta agraria más tarde se convierte
en una fiesta histórica; en ella se recordaba la
entrega de las tablas de los mandamientos sobre
el monte Sinaí. En ese día de Pentecostés, las y
los discípulos de Jesús se hallaban reunidos,
sin saber bien qué hacer; por eso al recibir el
don del Espíritu proclamarán la Buena Nueva a
todas aquellas personas que se encontraban en la
ciudad (He 2,1-11).
Bajo la inspiración de ese Espíritu
Santo los/as discípulos/as encuentran el
lenguaje apropiado para el anuncio del
Evangelio. No se trata de emplear un solo
idioma, sino de ser capaz de entenderse. El
texto es claro: la gente escuchaba a los
discípulos “hablar cada uno en su propia
lengua.” y Admirados decían: “¿Es que no son
galileos todos estos que están hablando?” (He
2,6-7). Cada persona comprende en su lengua,
desde su mundo cultural.
Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y
11) en que los presentes en el día de
Pentecostés, que vienen de todos los pueblos,
entienden el discurso de Pedro cada uno en su
propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v.
7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una
lengua bastante conocida en Siria y Oriente. El
milagro de Pentecostés es que cada persona
entiende en su propia lengua nativa. No se trata
del hablar en lenguas, pues éste es un milagro
en el hablar y aquí el milagro se sitúa en el
escuchar y entender. Cada pueblo escucha el
Evangelio en su propia lengua, se da el milagro
de la interculturalidad. Hoy debemos celebrar la
posibilidad negada de que las culturas se
sienten y celebren juntas la posibilidad
entenderse, escucharse…
Como comunidad de fe se nos pide
anunciar un evangelio encarnado en la realidad y
en la cultura de las personas que reciben el
mensaje de salvación. Este es el compromiso
fundamental que nos pide la celebración de la
fiesta de Pentecostés.
El Espíritu nos ayuda a vencer el miedo y a
superar el espiritualismo
El Espíritu nos permite confesar a
Jesús como Salvador y Señor. Es el mismo
Espíritu el que nos impulsa a creer en Jesús y a
vencer el miedo que nos impide ser testigos/gas
de su amor liberador.
La muerte de Jesús había sido un
duro golpe para sus seguidores/as. Por eso el
enfrentamiento con los grandes de su pueblo,
aliados con las autoridades romanas, los
aterraba. “Por miedo a los judíos” (Jn 20,19) se
hallaban reunidos con las puertas cerradas. El
Señor les pide que tengan el valor de anunciar
su Evangelio, sin importarles la resistencia y
la hostilidad que encontrarán. Podrán hacerlo
sólo si se dejan llenar por la fuerza del
Espíritu. Espíritu de amor, de valentía y
audacia que, como dice Juan en su primera carta,
se opone al temor (1 Jn 4,18). En efecto, el
miedo para hablar claro y decir con precisión y
oportunidad la Palabra de Dios revela una falta
de amor.
La presencia del Espíritu en nuestras
comunidades nos debe llevar a defender la
dignidad de los hijos e hijas de Dios, que ven
pisoteados sus derechos a una vida digna. Dejar
de asumir nuestro compromiso por miedo a los
poderosos de esta sociedad o a perder nuestros
privilegios o comodidad, significa negarse a
recibir y a vivir según las orientaciones del
Espíritu de amor.
Como comunidad de fe debemos estar
convencidos/as de que la vivencia de la fe
supone coraje y riesgo. Lo contrario de la
actitud de las/os discípulas/os antes de recibir
el don de la paz y del Espíritu Santo. Sin
coraje y riesgo no es posible hacer presente el
Evangelio en medio de las situaciones
conflictivas que atravesamos hoy. Con frecuencia
somos testigos en esta sociedad de lo poco que
se valora la vida de las y los débiles y
empobrecidos/as. Por eso como comunidad
creyente, nos toca denunciar estas situaciones
y no quedarnos en la casa con las puertas
cerradas.
Debemos combatir un falso sentido de
espiritualidad como huida del mundo y de las
cosas materiales, como si la espiritualidad
fuese asunto sólo del alma, por encima de todo
lo material y humano. Este espiritualismo fue la
primera y más peligrosa herejía en los orígenes
del cristianismo. Se llamó gnosticismo y nació
en algunos sectores de Iglesia y teólogos por
influjo de la filosofía griega. Los filósofos
definían la espiritualidad, la moral y la
libertad, en el dominio del alma sobre el
cuerpo. Esta posición no era inocente, pues se
decía que el alma era al cuerpo, como el amo al
esclavo y como el varón a la mujer. Se definía
así la espiritualidad en el desprecio y opresión
al cuerpo, de los esclavos y de las mujeres.
Hoy también nos encontramos en
nuestras comunidades personas que dicen vivir
guiados por el Espíritu de Dios, pero no se
preocupan de los problemas de sus comunidades,
ni asumen la causa de la justicia y de las y los
más empobrecidos/as. A esto le podemos llamar
espiritualismo, pero no vida según el Espíritu
del Dios de Jesús, vencedor de la muerte y
defensor de la vida. Pero eso tampoco nos debe
frenar en nuestro caminar, más bien no debe
animar a seguir motivando e impulsando el
mensaje de salvación y liberación y la fuerza
que nos viene del Espíritu.
El Espíritu acompaña y fortalece a la comunidad
comprometida con la vida
El Espíritu está presente en la comunidad
de Jesús, en la que cada uno tiene su propio
servicio o ministerio. Es el Espíritu el que nos
une y nos envía a proclamar el Evangelio de la
vida y de la verdad.
Por otro lado el Espíritu nos ayuda a
vencer las dificultades y nos invita a promover
la unidad al interior de la comunidad eclesial
para ser testigos/as creíbles de Jesús, Salvador
y Liberador.
La presencia del Espíritu en el interior de
la comunidad cristiana le da su profunda unidad
(1 Cor 12,3-4). Pero cada persona tiene una
función propia. Las distintas maneras de
expresar y de vivir el Evangelio deben ser
respetadas, porque de otra manera estaríamos
pecando contra el Espíritu Santo. No se trata de
lograr una uniformidad en la que todas las
personas vivan la fe de la misma forma, pero sí
de entendimiento y de colaboración con el
Proyecto de Dios en la diversidad. Es bueno
recordarlo en este tiempo de auge del
neo-liberalismo donde, también a nivel
religioso, se intenta imponer un estilo único de
vida, tanto a nivel personal como social.
Como comunidad de fe estamos conscientes de
que la evangelización no consiste en una
uniformidad impuesta, sino en la fidelidad al
mensaje y al entendimiento en la diversidad, al
respeto y al diálogo. Eso es la comunidad
creyente, una comunión de personas en la que
cada miembro tiene su función (1 Cor 12). Todas
las personas cuentan, y deben por lo tanto ser
respetadas en sus carismas. A esto nos llama la
fiesta de Pentecostés, a anunciar el Evangelio y
verdadero sentido de la comunión eclesial.
Los textos de Pablo y Juan que hemos leído,
profundizan en la vida según el Espíritu, en
cada persona y sobre todo en la comunidad. Pablo
hacía la oposición entre los frutos de la carne
y los del Espíritu; hoy podemos utilizar la
oposición entre muerte-vida en la cual se debate
la humanidad, el cosmos. La muerte colectiva de
tanto seres humanos, de la madre naturaleza, la
falta de trabajo digno, pan, educación, salud,
participación y gozo, la violencia irracional,
son los signos de la ausencia del Espíritu.
Serán la muerte o la vida del ser humano
concreto, de la naturaleza, del cosmos, lo que
nos permitirá descubrir la presencia o la
ausencia del Espíritu en nuestra historia, en
nuestra comunidad.
Para la revisión personal: ¿Dedico tiempo a la
oración profunda para escuchar lo que el
Espíritu me está pidiendo? ¿Cómo definiría mi
vida en el Espíritu? ¿Soy fiel al Espíritu de
Dios desde los desafíos de la realidad en la que
vivo, o por el contrario he caído en el
espiritualismo que no asume los compromisos de
la fe y de la comunidad?