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Domingo de Pentecostés

Domingo, 27 de mayo de 2007

"Reciban el Espíritu Santo"

1ªL Hechos 2:1-11. Los creyentes reciben el Espíritu Santo.

Salmo 103: Envía tu Espíritu Señor

2ªL 1 Corintios 12:3-7.12-13. El Espíritu Santo nos im­pulsa para formar la comunidad cristiana.

3L: Juan 20,19-23. La paz sea con ustedes.

Entrada

quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a ha­blar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.Hoy celebramos la fiesta de Pentecostés. Tenemos que buscar el origen de esta celebración en el pueblo judío. La fiesta judía se llama "de las sema­nas"  y se sigue celebrando hoy en día. Se celebra a los 50 días des­pués de la Pascua; es decir, después de 7 semanas de 7 días. En esta fiesta los judíos re­cuerdan la entrega de la Ley en el Sinaí.

    De ahí partimos los/as dándole un nuevo sentido, hoy es el día  en el que Jesús nos ha enviado su Espíritu Santo para que permanezca en nuestra comunidad y nos guíe en cada momento de nuestra vida.

1ªL Hechos 2:1-11. Los creyentes reciben el Espíritu Santo.

I: Jesús había prometido a sus discípulos/as enviarles el Espíritu Defensor para que guiara la vida de la naciente comunidad cris­tiana. Ese Espíritu es signo de unión; de hecho permite a perso­nas de diversas naciones y diversas lenguas entenderse y procla­mar las maravillas de Dios, en sus propias lenguas.

T: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les apare­cieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a ha­blar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

      Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al pro­ducirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: «¿Es que no son galileos todos estos que es­tán hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nues­tra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habi­tan­tes de Me­sopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Fri­gia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cire­ne, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.»

            Salmo 103: Envía tu Espíritu Señor

*¡Bendice al Señor, alma mía! Eres grande, oh Señor, mi Dios.

Señor, ¡qué numerosas son tus obras! Tú las hiciste a todas   sabiamente, tus criaturas se ven en todas partes.

Si tú escondes tu cara, ellos se aterran, recoges su espíritu, y se mueren, y retornan al polvo; si envías tu Espíritu, son creados y así renuevas la faz de la tierra.

*  ¡Que la gloria de Dios dure por siempre y se alegre en sus obras el Señor! ¡Ojalá que le agraden mis palabras! Yo encuentro mi alegría sólo en él.

2ªL 1 Corintios 12:3-7.12-13. El Espíritu Santo nos im­pulsa para formar la comunidad cristiana.

I:          Pablo, dirigiéndose a las/os Cristianas/os de Corinto les habla del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Les dice que el Espíritu Santo concede a cada miem­bro de la Iglesia un don o carisma para la formación de la comunidad. Cada uno, cada una, tiene el compromiso de aportar lo que ha recibido  fin de que se haga  reali­dad la unión de todos los miembros que formamos  el Cuerpo de Cristo.

T:         Hermanas y hermanos: Nadie puede decir. Jesús es el Señor, sino  es guiado por el Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mis­mo, hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifesta­ción del Espí­ritu para provecho común. Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cris­to. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no for­mar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos be­bido de un solo Espíritu.

3L: Juan 20,19-23. La paz sea con ustedes.

I: En la Biblia la paz (shalom) es el resumen de todas las cosas buenas que necesita una persona para vivir feliz. Por eso Jesús saluda a sus discípulos, deseándoles precisamente la paz. Los dones de Dios, sin embargo, no son dados para guardarlos, sino que es necesario que lo podamos poner al servicio de los hermanos/as. Por eso Jesús envía a la misión de perdonar y liberar de los pecados.

T:         Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerra­das, por miedo a los judíos, las puertas del lugar  donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con ustedes.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz sea con uste­des. Como el Padre me envió, también yo les envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan reteni­dos.»       

            PARA EL DIALOGO COMUNITARIO

1. ¿Por qué podemos afirmar que el espíritu rompe las barreras de la diversidad de lenguas y nacionalidades?

2. ¿Por qué el Espíritu nos ayuda a superar el miedo y el espiritualismo?

3. ¿Por qué el Espíritu se convierte en compañero de la comunidad comprometida con la vida?

El Espíritu rompe las barreras de las lenguas y de las nacionalidades

            El Espíritu de Dios quiere que el mensaje de salvación llegue a todos los hombres y mujeres. Por eso, el día de Pentecostés, cada persona hablaba su propia lengua y al mismo tiempo cada persona entendía el mensaje de salvación que proclamaban los enviados y enviadas de Jesús en su propia lengua. Con esto, el autor de los Hechos de los Apóstoles quiere señalarnos que no hay barreras ni de fronteras, ni lenguas, ni nacionalidades para recibir el Espíritu de Dios.

            Pentecostés era, en Israel, la fiesta de la recolección de las cosechas. Los judíos la llamaban la “fiesta de las semanas” (Shavuot) porque se celebraba al terminar el período de 7 semanas (A partir de la fiesta de Pascua se contaban 7 semanas por 7 días= 49 + 1= 50 días). De ser una fiesta agraria más tarde se convierte en una fiesta histórica; en ella se recordaba la entrega de las tablas de los mandamientos sobre el monte Sinaí. En ese día de Pentecostés, las y los discípulos de Jesús se hallaban reunidos, sin saber bien qué hacer; por eso al recibir el don del Espíritu proclamarán la Buena Nueva a todas aquellas personas que se encontraban en la ciudad (He 2,1-11).

            Bajo la inspiración de ese Espíritu Santo los/as discípulos/as encuentran el lenguaje apropiado para el anuncio del Evangelio. No se trata de emplear un solo idioma, sino de ser capaz de entenderse. El texto es claro: la gente escuchaba a los discípulos “hablar cada uno en su propia lengua.” y Admirados decían: “¿Es que no son galileos todos estos que están hablando?” (He 2,6-7). Cada persona comprende en su lengua, desde su mundo cultural.

            Lucas insiste tres veces (vv. 6.8 y 11) en que los presentes en el día de Pentecostés, que vienen de todos los pueblos, entienden el discurso de Pedro  cada uno en su propia lengua. Pedro y los Once son galileos (v. 7) y hablan por lo tanto en arameo, que era una lengua bastante conocida en Siria y Oriente. El milagro de Pentecostés es que cada persona entiende en su propia lengua nativa. No se trata del hablar en lenguas, pues éste es un milagro en el hablar y aquí el milagro se sitúa en el escuchar y entender. Cada pueblo escucha el Evangelio en su propia lengua, se da el milagro de la interculturalidad. Hoy debemos celebrar la posibilidad negada de que las culturas se sienten y celebren juntas la posibilidad entenderse, escucharse…

            Como comunidad de fe se nos pide anunciar un evangelio encarnado en la realidad y en la cultura de las personas que reciben el mensaje de salvación. Este es el compromiso fundamental que nos pide la celebración de la fiesta de Pentecostés.        

El Espíritu nos ayuda a vencer el miedo y a superar el espiritualismo

            El Espíritu nos permite confesar a Jesús como Salvador y Señor. Es el mismo Espíritu el que nos impulsa a creer en Jesús y a vencer el miedo que nos impide ser testigos/gas de su amor liberador.

            La muerte de Jesús había sido un duro golpe para sus seguidores/as. Por eso el enfrentamiento con los grandes de su pueblo, aliados con las autoridades romanas, los aterraba. “Por miedo a los judíos” (Jn 20,19) se hallaban reunidos con las puertas cerradas. El Señor les pide que tengan el valor de anunciar su Evangelio, sin importarles la resistencia y la hostilidad que encontrarán. Podrán hacerlo sólo si se dejan llenar por la fuerza del Espíritu. Espíritu de amor, de valentía y audacia que, como dice Juan en su primera carta, se opone al temor (1 Jn 4,18). En efecto, el miedo para hablar claro y decir con precisión y oportunidad la Palabra de Dios revela una falta de amor.

        La presencia del Espíritu en nuestras comunidades nos debe llevar a defender la dignidad de los hijos e hijas de Dios, que ven pisoteados sus derechos a una vida digna. Dejar de asumir nuestro compromiso por miedo a los poderosos de esta sociedad o a perder nuestros privilegios o comodidad, significa negarse a recibir y a vivir según las orientaciones del Espíritu de amor.

            Como comunidad de fe debemos estar convencidos/as de que la vivencia de la fe supone coraje y riesgo. Lo contrario de la actitud de las/os discípulas/os antes de recibir el don de la paz y del Espíritu Santo. Sin coraje y riesgo no es posible hacer presente el Evangelio en medio de las situaciones conflictivas que atravesamos hoy. Con frecuencia somos testigos en esta sociedad de lo poco que se valora la vida de las y los débiles y empobrecidos/as. Por eso como comunidad creyente,  nos toca denunciar estas situaciones y no quedarnos en la casa con las puertas cerradas.         

            Debemos combatir un falso sentido de espiritualidad como huida del mundo y de las cosas materiales, como si la espiritualidad fuese asunto sólo del alma, por encima de todo lo material y humano. Este espiritualismo fue la primera y más peligrosa herejía en los orígenes del cristianismo. Se llamó gnosticismo y nació en algunos sectores de Iglesia y teólogos por influjo de la filosofía griega. Los filósofos definían la espiritualidad, la moral y la libertad, en el dominio del alma sobre el cuerpo. Esta posición no era inocente, pues se decía que el alma era al cuerpo, como el amo al esclavo y como el varón a la mujer. Se definía así la espiritualidad en el desprecio y opresión al cuerpo, de los esclavos y de las mujeres.

            Hoy también nos encontramos en nuestras comunidades personas que dicen vivir guiados por el Espíritu de Dios, pero no se preocupan de los problemas de sus comunidades, ni asumen la causa de la justicia y de las y los más empobrecidos/as. A esto le podemos llamar espiritualismo, pero no vida según el Espíritu del Dios de Jesús, vencedor de la muerte y defensor de la vida. Pero eso tampoco nos debe frenar en nuestro caminar, más bien no debe animar a seguir motivando e impulsando el mensaje de salvación y liberación y la fuerza que nos viene del Espíritu.

El Espíritu acompaña y fortalece a la comunidad comprometida con la vida

      El Espíritu está presente en la comunidad de Jesús, en la que cada uno tiene su propio servicio o ministerio. Es el Espíritu el que nos une y nos envía a proclamar el Evangelio de la vida y de la verdad.

     Por otro lado el Espíritu nos ayuda a vencer las dificultades y nos invita a promover la unidad al interior de la comunidad eclesial para ser testigos/as creíbles de Jesús, Salvador y Liberador.

     La presencia del Espíritu en el interior de la comunidad cristiana le da su profunda unidad (1 Cor 12,3-4). Pero cada persona tiene una función propia. Las distintas maneras de expresar y de vivir el Evangelio deben ser respetadas, porque de otra manera estaríamos pecando contra el Espíritu Santo. No se trata de lograr una uniformidad en la que todas las personas vivan la fe de la misma forma, pero sí de entendimiento y de colaboración con el Proyecto de Dios en la diversidad. Es bueno recordarlo en este tiempo de auge del neo-liberalismo donde, también a nivel religioso, se intenta imponer un estilo único de vida, tanto a nivel personal como social.

     Como comunidad de fe estamos conscientes de que la evangelización no consiste en una uniformidad impuesta, sino en la fidelidad al mensaje y al entendimiento en la diversidad, al respeto y al diálogo. Eso es la comunidad creyente, una comunión de personas en la que cada miembro tiene su función (1 Cor 12). Todas las personas cuentan, y deben por lo tanto ser respetadas en sus carismas.  A esto nos llama la fiesta de Pentecostés, a anunciar el Evangelio y verdadero sentido de la comunión eclesial.

     Los textos de Pablo y Juan que hemos leído, profundizan en la vida según el Espíritu, en cada persona y sobre todo en la comunidad. Pablo hacía la oposición entre los frutos de la carne y los del Espíritu; hoy podemos utilizar la oposición entre muerte-vida en la cual se debate la humanidad, el cosmos. La muerte colectiva de tanto seres humanos, de la madre naturaleza, la falta de trabajo digno, pan, educación, salud, participación y gozo, la violencia irracional, son los signos de la ausencia del Espíritu. Serán la muerte o la vida del ser humano concreto, de la naturaleza, del cosmos, lo que nos permitirá descubrir la presencia o la ausencia del Espíritu en nuestra historia, en nuestra comunidad.

Para la revisión personal: ¿Dedico tiempo a la oración profunda para escuchar lo que el Espíritu me está pidiendo? ¿Cómo definiría mi vida en el Espíritu? ¿Soy fiel al Espíritu de Dios desde los desafíos de la realidad en la que vivo, o por el contrario he caído en el espiritualismo que no asume los compromisos de la fe y de la comunidad?

Oración Unversal

Para que el Espíritu de Pentecostés se siga derramando hoy en la Iglesia en todos sus miembros, para animarla a ser fermento de una sociedad nueva, en justicia y solidaridad.

Para que el Espíritu de Dios, “padre de las y los pobres”, que siempre les ha dado a lo largo de la historia claridad en la visión y coraje para la lucha, les dé hoy también en todo el mundo, fe convencida y esperanza comprometida.

Por todas aquellas personas que dicen ser guiadas por el Espíritu pero no asumen su compromiso, para que puedan vivir una verdadera espiritualidad comprometida con la defensa de la vida.

Exhortación final: La fiesta de Pentecostés nos invita a vivir según el Espíritu, que es el principal don que Jesús nos ha dado. Si vivimos según el Espíritu venceremos el miedo a anunciar el Evangelio y a enfrentar los conflictos que dicho anuncio nos trae. Esto nos exige construir una comunidad unida en donde se valore la diversidad de carismas, se den respuestas claras a las realidades que vivimos, aprendamos a perdonar y a escuchar a dialogar, en donde seamos liberados de los pecados, para vivir la paz que sólo Jesús nos puede dar. Y así damos testimonio de ser testigos/as del Señor resucitado.
Resucitó ¡Aleluya!
Y habitó entre nosotros
Tu palabra me da vida

 

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