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VII Semana de Pascua Ciclo C

Domingo, 20 de mayo de 2007

"Ustedes serán mis testigos y testigas"

Hch 1, 1-11: Lo vieron levantarse

Salmo responsorial: 46 Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.

Ef 1,17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo

Lc 24,46-53: Mientras los bendecía fue llevado al cielo

 

Entrada: Acercándonos a la fiesta de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo. Hoy cele­bramos la subida de Jesús al cielo. Jesús habiendo cumplido su misión entre los hombres y mujeres, siendo testigo del amor del Padre, aceptando las dificultades y llegando a asumir la muerte como consecuencia de su opción. Ante tanta fidelidad, el Padre mantuvo su palabra, resucitándolo de entre los muertos y renovando la esperanza de sus hermanos/as. 

            Pidamos fuerzas en esta celebración para realizar con la misma entereza de Jesús  la misión que nos ha encomendado.

1ªL      Hechos 1,1-11. Ustedes serán mis testigos y testigas hasta los confines del mundo

I:          En este prólogo del segundo libro escrito por Lucas, reaparece la dedicación a  Teófi­lo que significa “el amigo de Dios”.  Podemos ver aquí un simbolismo por parte del autor, que nos invita como a Teofilo a seguir el camino de Dios.

El resucitado que sube al cielo, nos hace la promesa de enviarnos el Espíritu Santo, que será el don más precioso del Padre. Ese Espíritu convertirá a los discípulos/as en testigos/as del Resucitado.

T:         En mi primer libro, querido Teófilo, escribí todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que fue llevado al cielo, después que dio instrucciones por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido.

            Ellos fueron a los que se presentó después de su Pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía y, durante cuarenta días les habló acerca del Reino de Dios. Mientras comía con ellos y ellas, les mandó: "No se alejen de Jerusalén, sino que esperen lo que prome­tió el Padre, de lo que ya les he hablado. Que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo den­tro de pocos días."

            Como estaban reunidos, les preguntaron: "Señor, ¿es aho­ra cuando vas a restablecer el Reino de Israel?" El les res­pondió: "A ustedes no les corresponde saber el tiempo y el momen­to que el padre ha fijado con su propia autoridad, sino que van a recibir una fuerza, la del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos y testigas en Jerusalén, en toda Judea y Sama­ría, y hasta los límites de la tierra.

            Al decir esto, en presencia de ellos, fue levantado y una nube lo ocultó a sus miradas.

            Mientras miraban fijamente al cielo hacia donde iba Jesús, de repente tuvieron a su lado dos hombres vestidos de

bla­nco que les dijeron: "Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este que ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá como lo han visto subir al cielo."

Salmo 46: Jesús asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas

*           Aplaudan todos los pueblos, aclamen a Dios con voces de alegría, pues el Señor es el altísimo, el terrible, un rey grande sobre la tierra entera.

·         Dios sube entre voces alegres, el Señor llega al sonido de trompetas. Canten, canten a Dios; entonen salmos a nuestro rey.

·         Porque él es rey de toda la tierra, cántenle un himno. Dios reina sobre las naciones. Dios se sienta en su santo trono.   

2ªL: Efesios 1,17-23.  Que Dios ilumine nuestro caminar

I: Para los primeros cristianos y cristianas Jesús era el Señor que se había sentado en el trono del cielo, con la autoridad que el Padre le había concedido. El hijo obediente hasta la muerte en cruz, ahora tiene la gloria que el Padre le ha concedido. Aunque él tenía el poder de Dios, siempre quiso mostrarse humilde y sencillo. Por esto, él en­vía a sus discípulos/as a no buscar el poder, el dinero ni la fama, sino a ser testigos/as de su amor humilde.

T:         Hermanos y hermanas: Que el Dios de Cristo Jesús nuestro Señor, el Padre de la Gloria, se manifieste en ustedes, dándoles un espíri­tu de sabiduría, para que lo puedan conocer. Que les ilumine la mirada interior, para que vean lo que esperamos a raíz del llamado de Dios; y entiendan qué grande y deslumbrante es la he­rencia que Dios reserva a sus santos; y comprendan con qué extraordinaria fuerza actúa El en favor de los que hemos creído.

            Esta fuerza se  ha manifestado en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su lado, en los cielos, mucho más arriba que todo Poder, Autoridad, Dominio o cualquier otra fuerza sobrenatural que se pueda mencionar, no sólo en este mundo, sino también en el mundo futuro.

            Dios, pues, colocó todo bajo los pies de Cristo para que, estando más arriba que todo, fuera cabeza de la Iglesia, la cual es su cuerpo. El, que llena todo en todos, despliega en ella su plenitud.

3L       Lucas 24,46-53. En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados.

I:          La aparición de Jesús a sus discípulos/as, antes de subir al cielo, les da claves de enseñanzas en lo referente los sufrimientos, la muerte en cruz de la que fue objeto.  Además les invita a que anuncien, en su nombre, un Evangelio que llame a la todas las personas a la conversión, un anuncio que hace posible el perdón.

T:         En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos y discípulas: “Esto estaba escrito: los sufrimientos de Cristo, su resurrección de entre los muertos al tercer día y la predicación que ha de hacerse en su Nombre a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, invitándoles a que se conviertan y sean perdonadas de sus pecados. Y ustedes son testigos y testigas de todo esto.

            Ahora yo voy a enviar sobre ustedes al que mi Padre prometió. Por eso quédense en la ciudad hasta que hayan sido revestidos de la fuerza que viene de arriba".

            Jesús los condujo hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía se alejó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos se postraron ante él y volvieron muy alegres a Jerusalén, donde permanecían constantemente en el Templo alabando a Dios.

PARA EL DIALOGO COMUNITARIO

1. ¿Por qué el Jesús resucitado sigue proclamando el Reino de Dios?

2. ¿Por qué debemos ser testigos y testigas  de Jesús?

3. ¿Por qué es necesario mirar a la tierra, a la realidad en que se vive?

I.                    El Resucitado sigue proclamando el Reino de Dios

            La proclamación del Reino de Dios había sido el tema central de la predicación de Jesús durante su vida. También después de su muerte, en las apariciones que hace a sus discípulos/as, sigue proclamando el Proyecto de Dios. Y es que el Reino de Dios debe ser el centro de la predicación y de las acciones de los/as discípulos/as de Jesús.

             El libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de las apariciones del Resucitado a sus seguidores y seguidoras: “Ellos y ellas fueron a los que se presentó después de su pasión, dándoles muchas pruebas de que vivía y, durante cuarenta días, les habló acerca del Reino de Dios” (He 1,3).

            Aunque Jesús les había hablado tantas veces del Reino de Dios, sus discípulos/as no lograron entender todo el significado de dicho Proyecto. Para algunos de ellos y ellas sería un proyecto político en el que Jesús sería el rey. Jesús, como rey les libraría del poder de los romanos y ellos serían sus ministros: tendrían poder y dinero. De hecho no habían logrado entender que realmente el Proyecto de Dios exigía un servicio a todas las personas y en especial a las y los más pobres, marginados/as y excluidos/as sociales. Las y los representantes de este Proyecto no tendrían otro poder que el que nace de la coherencia entre la Palabra que anuncian y el testimonio de vida que dan.

            Como comunidad de fe debemos sentirnos comprometidos/as con el Proyecto de Dios. El anuncio de la Palabra de Jesús estará acompañada de consecuencias y conflictos con reyes, poderes económicos y políticos de esta sociedad en que vivimos, pero esto no nos debe llevar a renunciar a vivir y a anunciar aquello en lo que creemos.

2. Hemos recibido la fuerza del Espíritu para ser testigos/as de Jesús hasta los confines del mundo.

            Si hemos recibido la fuerza del Espíritu como don, debemos convertirnos en testigos/as del Señor Resucitado. Ser testigos/as de Jesús exige intentar vivir de acuerdo con las orientaciones del don más precioso que él nos ha enviado: el Espíritu de Dios.

            Los primeros seguidores y seguidoras de Jesús entendieron que predicar la Buena Noticia era lo propio de su condición de testigos/as, discípulos/as del Señor Resucitado. Quien es testigo/a no se limita a relatar un acontecimiento, se compromete con él, lo hace suyo; compromete seriamente toda la vida.

            El evangelista Lucas insiste en la ausencia de Jesús mientras los/as discípulos/as tienen que demostrar su fe él. Ellos y ellas deben continuar la obra que él comenzó en la tierra. El Hijo asciende al cielo al lado del Padre. Pero es la ausencia de un viviente, no la de un muerto. Por eso les envía “la Promesa del Padre”: el Espíritu (Lc 24,49 y He 1,4). El nos ayudará a hacer presente a Jesús, el viviente, en medio de una realidad de egoísmo, de privilegios indebidos, de corrupción, de arrogancia del poder político, económico y muchas veces del religioso, de indiferencia hacia la persona empobrecida y excluida, de hambre y desempleo...

            Como comunidad de fe nos toca hacer lo que hizo durante su vida el  resucitado, pasó haciendo el bien a todos/as y ayudando a la gente a liberarse del mal y del egoísmo, y hacer resurgir la ilusión, la esperanza que hacen crecer la vida digna y feliz (He 10,38).

3. ¿Qué hacen mirando al cielo?

            Para las/os primeros discípulas/os de Jesús ha terminado el tiempo de la instrucción, del aprendizaje. Ahora toca trabajar, anunciar el Evangelio, vivir la fe de una forma solidaria. El Señor se ha ido a los cielos y mientras tanto nos ha encomendado el trabajo de ser testigos/as de su amor. Aunque se ha ido, sigue estando presente por medio de su Espíritu. Un día volverá para pedirnos cuenta de lo que hemos hecho con su Proyecto y con los dones que nos dejó.

            La fiesta de la Ascensión de Jesús que hoy celebramos quiere dejarnos una lección: No se trata de quedarnos inmóviles mirando hacia arriba y lamentando la ausencia del Señor, sino de ponernos en camino y llevar su Evangelio “hasta los confines de la tierra” (He 1,8). Por ello todo intento de mantener a los/as cristianos/as en una actitud de dependencia e inmadurez sin reales responsabilidades y voz en la Iglesia es contraria al sentido de la fiesta que celebramos hoy.

            Si la resurrección la leemos desde la aparición de los ángeles de la ascensión, que corrigen a los discípulos de Jesús que miran alelados al cielo, entenderemos el deseo de Jesús resucitado de que su iglesia mire hacia la tierra, donde está su gran Misión: anunciar la Buena Noticia a tantos seres humanos que sufren como consecuencia de un sistema de exclusión y muerte. Esa iglesia debe arrebatar a los poderes tanta vida consumida por su ambición y tanta sangre derramada por su violencia. Hacia la tierra es donde hay que mirar, porque aquí es donde están los intereses de Dios, sus hijos y sus hijas, la naturaleza, el cosmos,  y la tarea de la liberación. Esto es lo que nos dice el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles.

            Como comunidad de fe debemos estar conscientes de la necesidad de colaborar en la creación de una comunidad creyente de comunión, participación y servicio. Además debemos sentir la exigencia evangélica de seguir compartiendo la responsabilidad de la tarea evangelizadora.      

Para la revisión personal:

¿Me siento comprometido/a con el Proyecto de Dios? ¿Me considero testigo/a de Jesús? ¿Soy capaz de mirar la realidad con los ojos compasivos de Jesús?

Para la oración de las y los fieles:

I.                    Por todos/as  los/as cristianos/as que están “ahí plantados mirando al cielo”, descuidando los problemas de la tierra y pensando que los asuntos de este mundo les distraen de los bienes celestes, para que asuman su compromiso cotidiano, roguemos al Señor.

II.                  Por los hombres y mujeres que sólo miran a la tierra, para que nuestro testimonio de una fe que libera les lleve a descubrir que la fe es capaz de humanizar y dar profundidad a sus vidas.

III.                Para que la fe en la victoria de la vida sobre la muerte nos dé una reserva de esperanza fuerte que contagie a nuestros hermanos/as.

Exhortación final: Hemos celebrado la ascensión de Jesús al Cielo. Hoy él nos dice como a sus primeros discípulos y discípulas: ¿Qué hacen mirando al cielo? Ha comenzado el tiempo del trabajo, del anuncio del Evangelio a toda criatura, de predicar la conversión y el perdón de los pecados, de asumir la tarea histórica que nos toca aquí y ahora, sin dejar de mirar lo que pasa a toda la humanidad. Ojalá que cada uno de nosotros y nosotras esté dispuesto y dispuesta a realizar su trabajo con responsabilidad y decisión.

Resucitó ¡Aleluya!
Y habitó entre nosotros
Tu palabra me da vida

 

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