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Desde el
principio fueron creados varón y mujer, iguales en humanidad e
iguales en dignidad. En la imagen de la creación está inscrito
un principio de ayuda, que no es unilateral sino recíproca. La
mujer es complemento del hombre, como el hombre es complemento
de la mujer. Están llamados a vivir en unidad (unidad de dos),
con una relación interpersonal que es a la vez don y
responsabilidad. A ellos se les confía tanto la obra de la
procreación, como la de la construcción de la historia.
No se puede negar el
hecho evidente de que el cuerpo y el alma de la mujer están
hechos para una finalidad especial: desde el comienzo del
mundo la experiencia enseña que la mujer está configurada para
ser compañera del hombre y madre de seres humanos.
Quiero diseñar
brevemente la actitud espiritual típicamente femenina: ella,
espontáneamente, se dirige a la persona vital, y a la
totalidad. Proteger, custodiar, nutrir y hacer crecer es su
deseo natural, maternal. Su solicitud lo abarca todo, no sólo
el cuerpo, ni sólo el espíritu; y ésta, su disposición básica,
capacita a la mujer para ser cuidadora de sus hijos, de su
marido, y de todos los seres que se encuentran en su entorno.
A esta
disposición materna se une la de compañera. Compartir la vida
de otro ser humano y participar en todo lo que le afecta, en
lo más grande y en lo más pequeño, en las alegrías y en los
sufrimientos, pero también en los trabajos y problemas,
constituye su don y felicidad.
No me refiero en
esta nota a su preparación y competencia profesional, sino a
su esencia femenina y a sus derivaciones en el desarrollo
vital.
La mujer puede
hacer presente esta modalidad en las más variadas profesiones
y trabajos, donde se emplean materiales sin vida, como por
ejemplo una fábrica, una oficina comercial, un instituto
matemático, una labor informática, etc.. En todas esas
actividades se trabaja con otras personas, se comparte; y de
ese modo se da inmediatamente la oportunidad de desarrollar
las virtudes femeninas, humanizándolas, viendo las personas y
sus necesidades más allá de lo material y concreto.
En las tareas
estatales y públicas, es muy importante su presencia como
garantía de respeto a los valores humanos y espirituales.
Independientemente de peculiariedades individuales, la entrada
de la mujer en las más variadas ramas profesionales y
laborales significa enriquecer la vida social en su conjunto,
la privada y la pública. Es beneficioso incluso para la mujer
misma, porque se siente realizada en aquello para lo que está
preparada, y alcanza una independencia económica que en muchos
casos, hoy, se convierte en el único o en el más importante
sostén del hogar.
Es por todo ello
que invito a la mujer a que también valore el trabajo del
hogar como una tarea profesional. Que lo ame y lo haga amar.
Es verdad que en la actualidad los hombres participan y
colaboran en las tareas domésticas, pero ella es y será
siempre la primera en trabajos que requieren mucha paciencia,
dominio de sí, ecuanimidad, creatividad, espíritu de
adaptación y valentía ante los imprevistos... Y sabe la mujer
actuar en tal ámbito
–a
veces con mayor eficacia que los diplomados en Harvard–
en áreas como la economía, la psicología, la medicina, la
enfermería, la artesanía y el arte culinario, por nombrar
algunas de ellas.
Concluyo
exhortando a la mujer a que tenga el orgullo y la valentía de
serlo, pues constituye una dignidad única e inalienable. |