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Yo nací en un valle donde todas las
tardes llovía agua fresca y cristalina,
que pintaba calles y casas de charol.
Apetecía en esos atardeceres una taza de
chocolate caliente y una frazada para
dormir tibiamente. El tiempo corría al
paso y desperdicié horas infinitas en
contemplar la naturaleza y la gente.
En las mañanas de invierno nos arropaba
la neblina más espesa que haya visto,
caminaba al colegio porque conocía la
ruta y al cruzar por el mercado el aire
se endulzaba de café y jengibre recién
colados. De arrozales inmensos se
llenaba la primavera, cual océanos
amarillos, y el verde intenso de los
laureles pintaba casi todas las calles.
El sol nos visitaba siempre tarde,
porque debía escalar nuestras lomas y de
chiquito aprendí que el pico Duarte
estaba en el norte de nuestro valle.
Yo crecí en un valle donde los cielos
siempre fueron azules y limpios, y
corríamos bicicleta en grupos, por
estrechos caminos vecinales, entre los
sembradíos, cruzando rigolas, explorando
los charcos de los ríos y nos hartábamos
de mangos bajo el zumbido de millones de
mimes.
Cada atardecer en el parque, nos
deleitábamos del concierto de chicharras
mas exquisito que oído humano pueda
escuchar. Sincronizadas, ondulantes en
su intensidad, siguiendo una partitura
secreta que aprendimos a fuerza de
repetición. Los bancos de granito,
siempre fríos, donde echamos tantas
plática mientras pasaban a nuestro lado
todos los conocidos, porque allí en mi
pueblo, todos nos conocíamos.
Yo viví en valle que al levantar la
mirada por cualquier punto cardinal veía
montañas. Azules, marrones, verdes y
superpuestas unas a otras, de pendientes
suaves, como si todas estuvieran
abrazándonos. Con calles formando
rectángulos hasta el río que dibujaba
los limites al oeste. Mas allá, la
planicie elevada de Santomé, fermentada
por sangre orgullosamente dominicana, en
la épica independentista.
De ese pueblo, en el que en su entrada
un arco emblemático señala su inicio,
vengo yo, donde la tierra es la madre.
Agricultores por vocación, que
generación tras generación se deshacen
de sus juventudes mas brillantes por no
poder sostenerlas. Nido vacío que
alberga ancianos o campesinos venidos de
lugares mas pobres. Pueblo con mucho
pasado y un presente disperso.
Terreno que se empapó con la sangre de
Francisco del Rosario Sánchez y sus
compañeros, vanguardia de la
Restauración. Valle donde Liborio Mateo
enfrentó al marine invasor y resucitó en
centenares de campesinos masacrados por
el autoritarismo y la intolerancia en el
llano de Palma Sola.
San Juan es mi origen y cuna espiritual
de un gringo irlandés, obispo, varón
saliente, que enfrentó el sátrapa
Trujillo, cuando muchos dominicanos se
postraban a sus pies. Ahora, acunado en
el corazón del valle, en la Catedral,
Monseñor Reilly es testimonio indudable
de que la patria se gana, no se hereda.
Pero antes que virreyes, gobernadores y
presidentes, tuvimos una Reina. La más
hermosa, la más valiente, mártir de la
libertad del noble pueblo taíno.
Anacaona, soberana del cacicazgo de
Maguana, es símbolo ético de nuestra
comunidad, legado único en todo el país.
Mi sueño siempre está en un valle,
escondido en el laberinto de mi memoria,
ajeno al paso del tiempo, con los amigos
y amigas de entonces. Un pueblo que ya
no es el mío, ni lo será de nuevo,
aunque tenga el mismo nombre y esté en
el mismo lugar. Matriz de orígenes y
fundaciones existenciales, base de toda
la vida. Un San Juan que está en pedazos
en la memoria de aquellos que vivieron
conmigo.
Cuna de Orlando Martínez, limpia voz de
nuestra conciencia, y de Emilio de los
Santos, el triunviro que prefirió
renunciar al poder, y no a gobernar con
las manos sucias de sangre de Manolo y
sus compañeros de Manaclas. Por los
antes mencionados y quienes no menciono,
orgulloso me siento de haber nacido allí
y no en otro lugar.
Yo soy de San Juan de la Maguana, valle
enclavado en el mismo centro de la Isla
Hispaniola. Paraíso natural y semillero
de tantas mujeres y hombres, que por
origen o adopción, han dado lo mejor de
sí a la tierra de Caonabo y patria de
Duarte. Y aunque el San Juan donde nací,
crecí y viví no sea el mismo de hoy, en
sus entrañas más profundas guarda la
misma savia que alimentó a los que nos
antecedieron y nos sucederán. Porque
somos hijos de la tierra que nos vió
nacer y sin ella somos plantas sin
raíces. |