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La
gran mayoría de las sociedades que conocemos son
dirigidas por adultos. Países, partidos
políticos, Iglesias, clubes sociales, negocios y
hasta las familias son conducidos por personas
que tienen más de 25 años. Incluso la
Constitución Dominicana establece edades mínimas
superiores a la mayoría de edad, que es 18 años,
para ocupar posiciones como la presidencial o congresional.
Frente a los jóvenes se
esgrime su falta de experiencia, su
inconstancia, emotividad y carencia de
conocimientos. Se presenta a la juventud como el
lado opuesto a la madurez. En el mejor de los
casos se le asigna el papel de ser el futuro, no
el presente, los que dirigirán el mundo en el
mañana; ¡¡precisamente cuando dejen de ser
jóvenes!!
Entonces: ¿ser joven solo
sirve para esperar a dejar de ser joven? O dicho
en forma más sencilla: ¿los jóvenes deben
únicamente prepararse para cuando sean adultos?
No estoy de acuerdo.
La juventud en términos
biológicos y psicológicos es una de las etapas
más dinámicas del ser humano. Todo cambia: el
cuerpo, el temperamento, la forma de pensar, los
sentimientos, la identidad, etc. También cambia
la posición social del individuo. De ser un niño
completamente dependiente de sus padres, el
joven inicia el ejercicio de la independencia
propia de adultos. Y junto con la libertad
llega, por supuesto, la responsabilidad.
Los jóvenes se inician en la
vida laboral, política, social y sexual de
distintas formas y edades diversas. Un joven que
desde los 14 años deba trabajar para sostenerse
y ayudar a su familia tendrá a sus 18 años una
perspectiva de la vida muy diferente al que
permanece con todas sus necesidades cubiertas
dentro de su hogar. La jovencita soltera que por
diversas circunstancias queda embarazada a sus
16 años no enfrentará la vida de igual manera
que aquella que se casa a los 26 luego de
terminar una carrera y una maestría.
Por lo tanto la juventud
tiene múltiples facetas y diversas posibilidades
de ser realizadas. Los jóvenes no están ausentes
de riesgos y las decisiones que toman en ese
periodo de tiempo determinarán en gran medida su
futuro como adultos. Podemos decir que nuestras
decisiones en la juventud determinan nuestra
adultez.
Es importante entonces que la
juventud no se considere marginal de la sociedad
y que no se deje marginar por la sociedad. A
pesar de que muchas de las instituciones y
espacios sociales están diseñados para excluir a
los jóvenes, estos no pueden darse por vencidos
y deben esforzarse en conquistarlos.
La juventud tiene un poder
que ningún otro sector generacional posee. Los
jóvenes tienen energías inconmesurables, un
ansia tremenda por saber y experimentar, están
abiertos a todo lo nuevo y son críticos en un
grado que los adultos perdieron precisamente
cuando dejaron de ser jóvenes. Tal como escuché
en una ocasión, la juventud es el acelerador en
una sociedad, si ésta la comparamos con un
vehículo.
Las posibilidades de una
sociedad están pautadas por su juventud.
Dependiendo de su energía y dinamismo podemos
preveer si un sociedad tendrá un futuro
promisorio o triste. Pero a su vez, en la medida
que dicha juventud interviene en el presente, en
el aquí y ahora, nos daremos cuenta si dicha
sociedad tiene deseos de mejorar o está
completamente estática.
Los jóvenes deben tomar
conciencia de su rol y sus responsabilidades
frente a toda la sociedad. Volviendo al ejemplo
del automovil, si el acelerador se hunde hasta
el fondo es probable que avancemos muy rápido,
pero también que tengamos un aparatoso
accidente. Necesitamos también del freno y la
sabiduría de un buen conductor.
La juventud ha de invertir
sus energías al máximo, pero con discernimiento,
para que su vida personal, como la de la
sociedad, aproveche al máximo todo su potencial.
Por eso es necesario que los jóvenes vuelvan su
mirada hacia Jesucristo. El es la fuente del
poder que hermosamente exhiben los jóvenes y es
el Guía correcto para usar a fondo todo su
potencial.
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