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De vez en cuando conviene revisar en los
estantes algunos libros que habiéndolos leído,
han dejado una profunda huella en uno. Es lo que
ha sucedido con un libro escrito por el entonces
cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la
Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe,
titulado La Iglesia, una comunidad siempre en
camino. En el epílogo de este libro aborda un
tema que es tratado en la primera carta de San
Pablo a los Corintios (1, 10-13), sobre las
divisiones que existían en esa época, y que
tiene que ver con nuestra vida eclesial hoy. Nos
dice, que al igual que los Corintios, corremos
el riesgo de dividir la Iglesia en una disputa
de partes, donde cada uno se hace su propia idea
del cristianismo. Resume esta idea, afirmando
que si alguien se apunta a un partido, entonces
se convierte en el partido de esa persona, pero
la Iglesia de Jesucristo nunca será la Iglesia
de nadie en particular, sino su Iglesia. Esta
afirmación tiene que ver con la conversión, ya
que la misma consiste, en que nadie debe buscar
su partido para salvaguardar intereses, lo que
procede es ponerse en las manos de Jesucristo y
hacerse suyo, miembro de su cuerpo. Explica
Ratzinger magistralmente, que muchos ven en el
cristianismo una interesante teoría religiosa,
que se adapta a sus gustos, a sus preferencias y
a sus expectativas. La equivocación de los que
así piensan, radica, en que son selectivos al
elegir la parte más simpática y cómoda de la
teoría cristiana. En cambio, donde es decisiva
la voluntad y el deseo personal, entonces es
inminente la ruptura -que ya está presente en el
punto de partida- ya que los gustos son muchos y
contrapuestos. Cuando un grupo determinado o una
persona opta por elegir ideológicamente a su
antojo lo que conviene o no conviene en el
cristianismo, puede nacer un club, un círculo de
amigos, un partido, no ya una Iglesia que
trascienda los contrastes y reúna a todos en la
paz de Dios. Entre un club y la Iglesia hay una
gran diferencia, el primero se forma por la
inclinación personal, la segunda es la
obediencia a la llamada del Señor. El quid del
asunto, dice Ratzinger, está en la fe, que no es
la elección de un “programa” que satisface a
alguien o la adhesión a un club de amigos para
sentirse comprendido; la fe es conversión, que
transforma a la persona y sus gustos, o al menos
hace que los intereses pasen a un segundo plano.
Por eso insiste, en que la Iglesia no es un
club, no es un partido, ni siquiera un tipo de
estado religioso, sino un cuerpo, el cuerpo de
Jesucristo. |
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Cristino Comas Sánchez |
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Andrea Aqunnio |
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Fabio Ernesto Medina |
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Elaine de la Rosa |
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arriba"

La
Comisión Nacional de Pastoral Juvenil
En la República Dominicana,
La Comisión Nacional de Pastoral Juvenil,
dependencia de la Conferencia del Episcopado
Dominicano y presidida por un Obispo, asiste y
orienta el trabajo juvenil, sin menoscabo de
la autonomía de cada diócesis.
La Comisión Nacional de
Pastoral Juvenil es un organismo de servicio,
promoción, coordinación y animación de la
Pastoral Juvenil a nivel nacional, a fin de
convocar a una tarea común a los responsables
diocesanos, responsables de movimientos,
asociaciones y congregaciones religiosas que
trabajan en el campo juvenil.
Este organismo debe motivar
la presencia y la participación de todos en
una pastoral orgánica.
La Comisión Nacional de
Pastoral Juvenil está regida por unos
estatutos aprobados por la Conferencia del
Episcopado Dominicano.
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conla construccón de la Civilización del amor.
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