Falleció uno de los filósofos que propuso
uno de los conjuntos de argumentos más
popularizados para cuestionar el quehacer
filosófico y sus pretensiones.
A los filósofos, por hábito profesional,
nos gusta mordernos las entrañas. Su
nombre era Richard Rorty y su obra
insignia se llama La Filosofía y el Espejo
de la Naturaleza. Obrita que salió bien
cara si partimos de las becas y apoyos
financieros que él afirma haber recibido
para su redacción en el Prefacio.
Claro, esa crítica denota mi mentalidad
tercermundista, que vivo en un país donde
a nadie le pagan para pensar y mucho menos
para escribir cosas que valgan la pena.
¡Mis circunstancias, querido Ortega, mis
duras circunstancias!
Lo que Rorty llama filosofía -previo a su
denostación, porque nada más insensato que
atacar lo indefinible-, es “un intento de
confirmar o desacreditar las pretensiones
de conocimiento que se dan en la ciencia,
en la moralidad, en el arte o en la
religión.”
¡Atención! No es que la filosofía -dice el
extinto pensador- pretenda suplantar las
grandes áreas del conocimiento
mencionadas, es que los filósofos y las
filósofas se adjudican la tarea de evaluar
la validez de los procesos de conocimiento
de dichas disciplinas. Una suerte de
Suprema Corte de Justicia en los
menesteres del conocer. Tarea que él
considera absurda.
No pretendo en estas líneas abordar la
obra de Rorty. Deporte y farándula tienen
más espacio en las páginas de la prensa
que la reflexión sobre las grandes
cuestiones. ¡Síntoma de nuestra sociedad!
Provoco a quienes viven para algo más que
comer y sentir que busquen el libro y al
menos lo vean por encima. Si no se dejan
apabullar por las referencias a autores y
escuelas filosóficas, que los más jóvenes
ni tendrán idea por la explícita exclusión
de la filosofía en la educación media en
República Dominicana -para facilitar la
forja de meseros y bailarinas-, seguro que
la lectura de La Filosofía y el Espejo de
la Naturaleza puede ser el acicate a un
estudio más sistemático de la filosofía,
mejor y más maduro que la novelita de
Gaarder. Ya que Rorty, en cuanto crítico
de la filosofía, es un magnífico filósofo.