La sociedad dominicana recorre una peligrosa pendiente de
despolitización que puede conducirnos a dos destinos muy graves: el
surgimiento de un déspota populista que alcance la presidencia en
medio de alguna crisis económica o la disolución del Estado nacional
mediante la generalización de la corrupción.
Este derrotero es fruto de un complejo proceso que se
inició con el derrocamiento del gobierno del profesor Juan Bosch y
la represión sanguinaria del régimen balaguerista de los 12 años
contra el liderazgo político revolucionario que, aunados ambos
hechos, abortó las posibilidades de construir una sociedad
democrática, próspera y justa.
Las respuestas a esa situación fue el serio esfuerzo de
renovación del PRD por parte de Juan Bosch y, ante su fracaso, la
fundación del PLD.
Pero, tal como el mismo Bosch vislumbraba, el PRD desapareció
como partido político al inicio de la década de los 80 y el PLD se
disolvió a mediados de los 90.
Con la disolución de los dos aparatos partidarios
revolucionarios más importantes del último tercio del siglo XX la
sociedad dominicana queda sin la fuerza política necesaria para
emprender proyectos que transformen la sociedad dominicana en una
nación más democrática y justa.
Y el liderazgo partidario, sin el norte de un proyecto
político, reduce su actividad a depredar el Estado para su beneficio
personal y/o grupal, seguir las pautas que le brinde el gran capital
y satisfacer los reclamos populistas de los sectores lúmpenes de
nuestra sociedad.
En otras palabras, actuar tal como lo hizo Balaguer.
La política exige trabajar de manera ardua en la
organización del pueblo en función de lograr su verdadera liberación
y alcanzar el poder del Estado es un medio para ejecutar dicho
proyecto. El único líder dominicano que consagró su vida
efectivamente a desarrollar un proyecto político, primero en el PRD
y luego en el PLD fue Juan Bosch.
Nadie más se le compara en tesón, claridad de objetivos y
talento para impulsar la liberación del pueblo dominicano.
Su antítesis fue Balaguer, que únicamente actuaba para
preservarse en el poder sin importar a quienes explotaba,
atropellaba o traicionaba.
En un sistema democrático
presidencialista, sin proyecto político alguno, únicamente nos queda
votar por lo menos malo y con garantía de triunfo.
Lo planteo sin dolor, ni resentimientos. Después de todo la
nación es obra de todos y por lo visto es lo único que se puede
hacer ahora.