La democracia dominicana subsiste aquejada de males que la
colocan en crisis, incluso a niveles de colapsar el precario respeto
a los derechos humanos y la voluntad popular. Nadie pone en duda que
el principal factor que amenaza la democracia es el grado de miseria
en que viven más de la mitad de las familias dominicanas.
Miseria que no es fruto de ninguna limitación de la naturaleza
o incapacidad productiva, los datos del crecimiento económico del
país así lo demuestran.
La pobreza de los dominicanos y dominicanas se debe a un
injusto ordenamiento de la economía que concentra la riqueza
producida en pocas manos y empobrece constantemente a quienes ponen
su esfuerzo físico e intelectual en la producción de bienes y
servicios.
Mientras un reducido grupo de
instituciones financieras y comerciales registran año por año
ganancias fabulosas, el poder adquisitivo de los trabajadores y
trabajadoras, de los profesionales y técnicos, se restringen,
incluso en el contexto de una estabilidad macroeconómica.
Las fórmulas económicas propuestas desde el gobierno y la
oposición no tocan ese cáncer social. La defensa de la vida, que
ganó notoriedad con el tema del aborto, queda muda ante la muerte
permanente que promueve este modelo económico.
Se sugieren paliativos que no trascienden unos pocos días, los
suficientes para que desaparezcan de las primeras planas y las
conciencias momentáneamente adoloridas puedan volver a su
cotidianidad. Si tuviéramos real democracia, si efectivamente las
mayorías ejercieran el poder, este orden se transformaría en uno más
equitativo.
Carecemos de políticas de Estado, todos los programas
y leyes que nos damos no escapan del lodazal donde se bañan los
cenáculos partidarios. La clase burguesa no supera el estadio
rentista y la pequeña burguesía habita este territorio mientras
prepara a sus hijos para que emigren a sociedades del primer mundo.
El último esfuerzo serio y realista de liberar la sociedad
dominicana de semejante miseria lo constituyó el Partido de la
Liberación Dominicana (PLD) bajo la dirección de Juan Bosch.
Con la disolución de dicha organización a mediados de la década
pasada la República Dominicana ha quedado expuesta a su
desintegración. Preparar una generación de hombres y mujeres con la
suficiente inteligencia y la voluntad de servir a la liberación de
nuestra sociedad toma tiempo y liderazgos como el de Bosch.
¿Tendremos tiempo para lograrlo antes del ocaso?