En la década de los 80 era profesor del
Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec),
a donde entré como docente en enero del
1983 gracias a los buenos oficios de
Fernando Ferrán Brú y Carlos Dore Cabral.
Primero fui profesor de Quehacer
Científico, luego de Historia y posterior
a eso terminé coordinando el área de
historia.
Para ese entonces mi medio de transporte
particular era un motor Yamaha 125, de los
llamados saltamontes. Vehículo muy útil
para el pluriempleo que llevaba.
Era docente simultáneamente del INTEC, de
la Pontificia Universidad Católica Madre y
Maestra (PUCMM) y del Centro Bonó de los
Jesuitas, aparte de otras actividades.
En varias ocasiones, entrando al
estacionamiento de profesores del INTEC
tuve que sacar hasta la “palmita” para
demostrar que era docente de la
institución, a pesar de andar motorizado,
y que tenía todo el derecho de estacionar
mi transporte de dos ruedas entre los de
mi colegas que eran de cuatro.
Como todo el que tiene una idea de dicho
motor, o lo ha usado, sabe que el
combustible se le hecha en el tanque que
está justo entre las piernas del
conductor, como una prolongación del
sillín hacia el manubrio y que a la vez,
salvo que se tenga una mochila, ese es el
mejor lugar para llevar objetos como
libros o maletines, siempre jugando un
poco al equilibrismo. El casco, como se
acostumbraba entonces, siempre iba en el
codo.
En una ocasión, tarde ya y cansado de un
día de faena docente, me detengo en la
estación de combustible que queda en El
Portal, justo antes de llegar a mi casa
-vivía detrás de César Iglesias- para
llenar el tanque. Cuando el joven que está
sirviéndome la gasolina mira la carátula
de un libro que llevaba entre las piernas
y lee su título con cierta dificultad en
voz alta “Ser y Tiempo” y me pregunta
frunciendo el ceño: ¿de qué es ese libro?
Yo únicamente atino a decirle, con ganas
de concluir ahí mismo el diálogo, “¡de
filosofía!” Pero esa noche él estaba más
parlanchín o filósofo que yo y me increpó
con total naturalidad “¿y para qué sirve
eso de la filosofía?” Reconozco que la
respuesta mía, en tono y contenido, fue
poco caritativa: “¡para mantener a mis
hijos!” Pagué la gasolina, me fui a casa,
pero la pregunta del gasolinero, desde
entonces, no deja de preocuparme.