Ahora que me aproximo a mis 50 años de edad, me asalta un cierto
espíritu inquisitivo de lo que ha sido mi vida, consciente de que
es menos lo que me queda por vivir, de lo que he vivido.
Frente a mis hijos, viviendo ahora muchas de las experiencias que
yo viví hace poco más de 25 años, la comparación es ineludible a
cada rato.

El 1983 fue un gran año en mi vida, definitivamente el mejor. En
enero de ese año fui contratado por vez primera como docente
universitario, en Intec justo pocas semanas antes de mi acto de
graduación en la PUCMM.
Mi gratitud a Fernando Ferrán, Carlos Dore y Nélida Cairo que
tuvieron fe en mí.
En el 1987 ingresé como docente a la PUCMM, mi alma mater, gracias
a los buenos oficios del padre Ton Lluberes y del padre Manolo
Maza. Así que cumplí 25 años de profesor universitario este pasado
enero.
Pero ese mismo año, 1983, en diciembre, ocurrió lo más importante.
Mi mejor amiga, mi compañera, mi confidente, mi esposa: Alina
Bello, y yo, nos casamos.
Tenía entonces yo 23 años y por tanto he pasado más tiempo a su
lado que al lado de mis padres y mi hermana.
Y en torno a ella mi vida se ha ido puliendo lentamente, con
dificultades y satisfacciones, lágrimas y risas, penurias y
abundancias. Si Dios de alguna manera me ha estado esculpiendo, no
me cabe duda que el cincel es Alina.
Mi ocupación de docente y mi matrimonio han sido en estos 25 años
la mayor fuente de felicidad de mi existencia.
Debo indudablemente pedir perdón, tanto a los que han sido mis
estudiantes como a mi esposa, por los muchos errores cometidos,
pero a la vez festejo la felicidad que Dios me ha concedido por
servirle en este ministerio tan especial y tener a una compañera
como ella.
En medio de nuestro matrimonio están nuestros tres hijos, que
improvisadamente, pero con mucho amor, hemos puesto lo mejor de
nosotros para ser buenos padres y no siempre tan buenos maestros.
¡Qué difícil es para los maestros serlo para sus hijos!
En estos tiempos que corren, donde casi nadie asume compromisos
más allá de 2 ó 3 años y que el relativismo ha minado la confianza
en el amor y la entrega al prójimo, siento como un tesoro estos 25
años de docente, esposo y padre.
Sin petulancia, que no es logro mío, sino de la misericordia de
Dios en mi vida.