Representar a mi universidad me ha deparado sorpresas. Asisto
con la conciencia del valor de la presencia física pero usualmente
abre espacio para conocer nuevas personas y entender otras
experiencias.
Acudir a la conferencia de monseñor De la Rosa Carpio el
pasado viernes en la apertura de la Feria del Libro de Higüey no era
un compromiso, aunque delegado estaba por la PUCMM. Monseñor De la
Rosa es un exquisito orador, siempre salpicado de sabiduría
existencial y sólido rigor intelectual, de ideas claras y
antropología realista en su enfoque.
Escritor que nos vincula a sus textos sin recurrir a efectos
rebuscados.
Alina y yo caminamos entre las carpas de la Feria haciendo
hora entre el fin de la conferencia de monseñor y el inicio del
concierto en la Basílica que patrocina el Banco Popular. Al arreciar
la lluvia nos refugiamos en el Santuario de San Dionisio.
Dios se vale hasta de la lluvia para colocarnos donde
desea.
Nuestra curiosidad nos llevó a adentrarnos en el templo
hasta el medio de la nave central y sentarnos a orar.
Buscando la serenidad oigo a mi izquierda, en una capilla
lateral donde se encuentra el sagrario, una conversación en voz alta
pero no estridente, con la suave melodía del creole.
Me acerqué y un joven haitiano, delgado, con ropas humildes, de
pie, hablaba en dirección al sagrario, oraba sin temor a Dios,
gesticulaba con los brazos y el cuerpo, contándole Dios sabe cuales
cuitas y apelando una y otra vez a su madre, la Virgen de la
Altagracia.
Sentí un calor intenso y me desplomé arrodillado. En ese
momento y lugar vivía la presencia de mi Creador y Redentor, de Dios
escuchando, dialogando con ese humilde haitiano.
Intentaba mantenerme en un Padrenuestro, pero me inundaba de
emoción y lloraba, escuchando el nombre de la Altagracia.
Por años he vivido el silencio de Dios en mi vida pero ahí, sin
títulos académicos ni cuentas bancarias, sin ideologías ni
nacionalismos, mi Señor me concedía el privilegio de su presencia en
la pobreza total de ese haitiano.
Fueron muchos los minutos hasta levantarme. Ya no estaba el
joven haitiano, no sentía el rumor de ángeles que poco antes
inundaba la capilla.
Esa noche, ni la grandiosidad de la Basílica, ni la Obertura
Leonora de Beethoven, logró que olvidara ni por un segundo el dulce
nombre de mi Señora, de la Altagracia, en creole.