En la democracia subsisten conceptos y patrones típicos de la
dictadura. Estos modos autoritarios de entender, explicar y
cuestionar formas de las sociedades abiertas usualmente se arropan
de apariencias éticas y vocablos con apariencia moderna.
En América Latina las formaciones partidarias de inspiración
marxistas y los nacionalistas conservadores minaron por décadas la
formación del pensamiento democrático apelando a un autoritarismo
ideológico que suponía que los problemas se resolvían con el uso del
poder del Estado para imponer una mentalidad y presentar los
criterios distintos a ésta como una patología social.
Es en ese contexto que de manera recurrente se habla de
transfuguismo, traición y otras tonterías como forma de ataque
frente a la disensión y o el cambio de posturas políticas de líderes
y representantes políticos.
Incluso se llega a la obscenidad de acusar a antiguos
compañeros de partidos o gobiernos de “venderse” al contrario. Nada
más lejos de una práctica democrática.
En democracia las vinculaciones a propuestas partidarias o
a fórmulas de gestión del cambio social y económico tiende a ser un
compromiso puntual.
La llamada sociedad civil, que en nuestro patio criollo cultiva
más autoritarismo a veces que el mismo trujillismo - ha de responder
a la pluralidad y el cambio que vive una sociedad moderna formada
por individuos emancipados.
Las logias partidarias de nuestro país, forjadas en el difícil
tránsito de la dictadura a la democracia, se han disfrazado en
varias ocasiones de organizaciones asépticas y opinadores
“neutrales” que se erigen en moralizadores políticos incapaces
de adaptarse a la democracia.
Las motivaciones que llevan a una persona a cambiar de
postura política siempre serán objeto de inquisiciones psicológicas,
pero el hecho en sí mismo es lo más natural y deseable en una
sociedad democrática.
El que hoy acusa a otros de tránsfuga lo fue en el pasado
-¡nuestro alzheimer social!- quien ácidamente cuestiona a quien
acepta un puesto diplomático de un gobierno olvida que él lo fue de
otros gobiernos.
El debate mueve a risa. Definitivamente hay una generación bien
madurita y enferma de autoritarismo que inhibe sus reales
compromisos partidarios por una tradición psicótica que nos impuso
el trujillismo.
Mientras tanto el que no tiene televisión por cable debe
aguantar la riada cotidiana de aburridos discursos y comentarios
amargados que predican un paraíso perdido donde únicamente
sus entrañas son criterio de veracidad.