La experiencia del carnaval dominicano trasciende su origen
trasatlántico y se ha convertido con el pasar de los años en una de
las expresiones fundamentales de la celebración lúdica de los
sectores medios y pobres de la población y que a través del mismo
manifiesta su libertad reprimida, su crítica al orden social
opresivo y la recuperación de sus imágenes identatarias.
Por supuesto en muchos casos su comercialización está
marcando pautas de consumo, pero siempre surge con fuerza la
expresión “no organizada” que brota de cualquier
callejón.
Nuestro carnaval no tiene nada que ver con la exuberancia
carnal de ciertos ritos paganos previos al inicio de la Cuaresma
cristiana. Incluso en el caso criollo, contrario al de Río de
Janeiro, el destape del cuerpo femenino no es relevante.
Es por eso en gran medida que no le veo fuerza al argumento
de adelantarlo para que no se haga luego del miércoles de ceniza.
Seguro estoy de que proporcionalmente debe haber más católicos
en las celebraciones carnavalescas que fuera de ellas, debido al
origen social de los participantes. Pero, y este es el punto
central, el carnaval está tan ligado a las dos principales
celebraciones patrias (Independencia y Restauración) que sería
imposible imaginarnos un 27 de febrero o 16 de agosto sin diablos
cojuelos, cachuas o “roba la gallina”.
Definitivamente nos falta unos buenos estudios teológicos,
sociológicos, políticos y antropológicos del carnaval dominicano.
¡Otra carencia de nuestro subdesarrollo intelectual!
Por eso también nuestra vida política es carnavalesca. O
mejor dicho, la manera que tiene el pueblo pobre de vivir la campaña
electoral es carnavalesca.
A excepción de un grupito de “intelectualoides” que vamos a los
medios de comunicación a hacer análisis sesudos con cara de
estreñimiento o dedicamos horas enteras en grupos de Internet a
canalizar nuestro libido con propuestas políticas academicistas, el
resto de la gente convierte las elecciones en carnaval y lo goza a
plenitud.
Igual que la pelota, que es también carnavalesca, en
nuestro país la gente toma partido para gozar y al final da lo mismo
ser bronco o chilúa, aguilucho o liceísta, peledeísta o perredeísta.
Lo importante es la chercha que se arma, el romo, los sancochos, las
giras en guaguas, el salchichón que se atrapó o la morena que se
manoseó.