Todos los veranos acompaño por unas semanas a decenas de
estudiantes de la PUCMM que acuden a State University of New York
(SUNY) a realizar el semestre de verano. Esta vez fueron 140.
Mientras ellos inician sus clases me queda tiempo libre para leer
y la biblioteca de Tompkins Cortland Community College, el campus
de SUNY donde ellos acuden, es muy completa.
Esta vez descubrí una pequeña joya: The Psychology of Power de
R.V. Sampson. Obra que a pesar de ser publicada a mediados de los
años 60 conserva la fuerza de sus argumentos frente a este siglo
XXI que recién iniciamos.
La fortaleza de su argumentación estriba en demostrar que la
búsqueda del poder y la voluntad de amar están en los extremos
opuestos de las relaciones humanas en sus diversos niveles, desde
la experiencia familiar de la niñez, hasta la vida en sociedad,
frente al Estado y en las instituciones.
Si por un lado el cultivo de la búsqueda del poder de parte de
muchas personas las convierte en agentes de sufrimiento y dolor
para sus congéneres, desarrollando relaciones de sumisión y
sometimiento, por el otro lado la voluntad de amar como opción de
vida conduce al crecimiento espiritual, moral, material y social
de quienes son afectados por personas con esta opción.
Ejemplos sobran en nuestro medio. En el nivel político más elevado
basta referirse a las insaciables ganas de poder del trujillismo,
del imperialismo norteamericano sobre nuestra patria o la
oligarquía criolla, para entender todo el sufrimiento, muerte y
dolor que hemos vivido en estos últimos 100 años.
Instituciones de todo género son hornos crematorios para quienes
deben trabajar ahí ganando su sustento y muchas familias se
convierten en infiernos terrenales para todos sus miembros,
signados todos por la voluntad de poder, el afán de dominar a los
otros, en convertirlos en medios para los fines perseguidos por
quien tiene el control.
Por otro lado, tenemos el amor de tantos hombres y mujeres que han
brindado vida y felicidad a los seres humanos que se les han
acercado o necesitado de ellos.
Pensemos en un Luis Quinn o en Doña Mary de Marranzini, por citar
dos ejemplos conocidos, o la figura de Juan Bosch en política,
más presto a servir que a aferrarse al poder a toda costa. Sigue
siendo un paradigma para nuestro bien la imagen de Jesús lavando
sus pies en la última cena. Optemos por el amor y el servicio.