—¿Y qué
hacemos con eso?, dijo uno de los herederos a Santiagón señalando el crucifijo.
—Yo creía
que tú lo querías.
—No sabría
dónde meterlo —dijo el heredero—. Mira a ver qué puedes hacer con él, parece muy
antiguo...
Santiagón
había visto muy pocos crucifijos en su vida, pero de cualquier manera estaba
dispuesto a jurar que aquel era el más feo que había visto nunca. Se lo echó a
la espalda y fue de casa en casa, pero nadie lo quería. Así que se lo quiso
devolver al heredero, pero éste se lo quitó de encima diciendo:
—Quédate tú
con él, yo no quiero saber nada. Si te dan algo por él mejor para ti.
Santiagón dejó el crucifijo en el taller, y en la primera ocasión en que se
quedó sin un duro volvió a ir de casa en casa con el crucifijo, a ver si le
daban algo por él. Entró en la taberna y lo dejó en una esquina. Al tabernero,
que le pedía que le pagase todo lo que le debía, le mintió: Una señora rica me
ha dado palabra de comprármelo. En cuanto cobre, te lo pago todo.
Borracho,
Santiagón volvió a su casa con el crucifijo a cuestas. Y así, un día tras otro,
en que iba de taberna en taberna. Hasta que, viendo que no lo vendía, se puso en
camino de peregrinación a Roma con el Cristo a cuestas. Nadie le negaba un poco
de pan y de vino. En un pueblo celebraban un banquete de bodas, y Santiagón se
coló y se puso ciego de vino. Cuando empezó a despertar de la borrachera, salió
a los caminos con el crucifijo a cuestas. Pero empezó a caer una nevada tremenda
y, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba, se había perdido. Miró al
Cristo, apoyado en una roca, y le dijo:
En menudo
lío os he metido, y estáis todo desnudo, con la que está cayendo...
Se quitó el
pañuelo del cuello y limpió la nieve que caía sobre el crucifijo. Luego, se
quitó su tabardo y se lo puso al Cristo.
A la mañana
siguiente encontraron a Santiagón, que dormía el sueño eterno, acurrucado a los
pies de Cristo. Y la gente no entendía cómo era que Santiagón se había quitado
su tabardo para cubrir al crucificado. El viejo cura de la aldea se estuvo largo
rato mirando aquella estampa, luego hizo sepultar a Santiagón y mandó grabar
sobre una piedra estas palabras: Aquí yace un cristiano y no sabemos su nombre,
pero Dios lo sabe, porque está escrito en el libro de los bienaventurados...