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Es propio del ser humano creerse merecedor
de reconocimientos, aunque sepa a ciencia
cierta que no los merece. Los méritos vienen
por sí solos, no hay que ir detrás de ellos.
Vivir para alcanzar méritos es propio de
mediocres, pues de nada vale “triunfar” en un
aspecto de la vida y descuidar otros más
importantes.
Sentir la necesidad de ser aceptado no es
malo. El problema radica, cuando se convierte
en una obsesión el que se reconozcan méritos
que no se tienen. Existen personas expertas en
el arte de buscar reconocimientos, y que los
plasmen en títulos y placas para exhibirlos
como trofeos.
Lo triste del caso, es que muchos de estos
trofeos, ganados en el campo de la habilidad y
no en buena lid, es pura apariencia que no
refleja la realidad. Ante los ojos de Dios las
virtudes no necesitan ser expuestas en
vitrinas para que los incautos las contemplen.
Basta actuar conforme los designios de
Dios, para quedar satisfecho y libre del afán
de ser reconocido. Es fuente de sabiduría,
abandonarse, para que sea la santidad que
mueva a crear cosas nuevas que favorezcan a
los demás, sin ánimo de ser reconocido por la
obra realizada.
Mientras más se cacarean los propios
méritos, menos credibilidad tiene el promotor
de estos. Con razón Dios se resiste a los
soberbios. Se dice que la soberbia es el peor
de los defectos y el más ridículo. En la
soberbia está la raíz del egoísmo.
Por esto el egoísta sólo valora lo que gira en
torno a él. De esta manera, el soberbio es
enemigo de examinarse a sí mismo y reconocer
en que está fallando. Por esa razón, busca a
toda costa que otros reconozcan unos méritos
que el mismo promotor sabe que no tiene.
El remedio para combatir este defecto es la
humildad, efectivo, pero de difícil aplicación
para el que lo padece. Consiste en olvidarse
de sí, sin llevar cuentas de las obras que
realiza. En fin, teniendo una sencillez
interior, que mueva a preocuparse por los
demás sin esperar nada a cambio. |