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Si algo molestaba a Julio desde el momento
en que la conciencia se hizo presente en su
vida, era que lo acusaran de algo que no había
cometido. Por esto, siempre le llamó la
atención el precepto del octavo mandamiento:
no darás falso testimonio contra tu prójimo (Exodo
20, 16). Hasta que maduró y aceptó, que
importaba poco lo que le atribuyeran o que
dijeran algo impropio de él. Pero un día llegó
la gran prueba, aquel en que fue objeto de la
mayor infamia. Si bien le costó superar esta
iniquidad, con el tiempo, asimiló, que esto ya
no era su problema, sino de aquellos que en su
afán desmedido de protagonismo y de lucro,
eran capaces de sustituir el Dios verdadero
por el Dios de sus intereses. Pero no todo
quedó ahí. El Señor le preparó, para que con
la mayor serenidad pudiera desprenderse del
fardo tan pesado que es sentirse ofendido por
acusaciones pueriles y sin fundamento.
Comprendió, que sólo existe Uno que se
convertirá en Juez de sus actuaciones. Los
juicios humanos carecen de importancia, cuando
estos sólo tienen la aviesa intención de
manchar reputaciones ajenas, sin medir las
consecuencias que puedan tener en los
diferentes ámbitos que se desenvuelve la
persona afectada. No hay modo de parar esta
corriente de perversidad. No obstante, existe
el arma más poderosa para enfrentarla: ignorar
a cualquier precio la ofensa recibida y
esperar pacientemente la respuesta del Señor
ante cualquier evento de esta naturaleza. Como
aconseja Gracián, cerrar por dentro con la
llave del silencio. En la medida que hagamos
caso omiso a estas perversidades, nuestro
corazón se acercará más al Señor, que es a
quien finalmente habrá que rendir cuenta de lo
que hemos hecho o dejado de hacer en esta vida
temporal. No obstante, es conveniente advertir
el peligro tan grande que corre un cristiano
cuando falsea la verdad.
En la medida que busca como aliado la
mentira, se va perdiendo gradualmente la
oportunidad de recuperar la verdad. Por esto,
hay que tener cuidado de no manchar
reputaciones, diciendo mentiras para quedar
bien. Se sabe, que “la gravedad de la mentira
se mide según la naturaleza de la verdad que
deforma, según las circunstancias, las
intenciones del que la comete, y los daños
padecidos por los que resultan perjudicados”.
A tantos años de distancia que ocurrieron
estos hechos, todavía espera pacientemente
Julio por el deber de reparación, aunque sus
autores materiales y morales ya han sido
perdonados. |