El aborto es un pecado. Desde la biología, como desde la fe,
estoy plenamente convencido de que la vida humana y su
naturaleza trascendente existe en la unión del óvulo y el
espermatozoide. Desde ahí hasta la muerte las diferencias
nunca son substanciales.
El gran Aristóteles nos dio la clave. Todo lo que existe en la
naturaleza viviente se define por su potencia y de acuerdo a
múltiples circunstancias se va actualizando. Lo confirma la
genética que tantos aportes nos ha brindado en los últimos años.
Penalizar legalmente el aborto es correcto. Más se ha convertido
en un espectáculo que no toca la médula del problema. De lo que se
trata es de defender la vida, no simplemente tener unas leyes que
han demostrado hasta la saciedad su inutilidad.
Si por leyes fueran este país sería un paraíso y el mundo la
antesala del Reino de los Cielos. En cambio vivimos en un mundo, y
en una sociedad, que poco se diferencia del averno.
Defender la vida -y aquí me dirijo a los seres humanos de buena
voluntad, a quienes les nació la salvación del vientre de María la
Virgen- es asumir la defensa de la integridad de la vida sin
importar si es un feto, un niño, joven, adulto o envejeciente.
Defender la vida es oponerse a toda forma de explotación, de
violencia, de sojuzgamiento, de represión.
Convoco a quienes se consideran ofendidos por el crimen que es el
aborto a que continúen, pero asuman la agenda completa.
Opongámonos fuertemente en contra del abandono infantil,
comprometámonos con la educación de los hijos de los más pobres,
enfrentemos la usura y la plusvalía convertida en sistema
socioeconómico.
No tengamos pecados favoritos, quien roba el pan del sudor ajeno
es como el que mata a su prójimo, igual que el aborto, igual que
la violencia contra la mujer, igual que la pena de muerte.
Que las conciencias agitadas en estos breves días por cuestión de
una ley no regresen en paz a sus vidas privadas en gran medida
sostenidas por la explotación de su prójimo.
El Evangelio es radical, si no lo fuera Jesús hubiese muerto de
viejo.