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Leyendo los discursos y
planteamiento del reciente XII Encuentro de
Rectores de Universidades Católicas de América
Latina me animo a externar unas breves
reflexiones de cara a la República Dominicana
y especialmente a la Pontificia Universidad
Católica Madre y Maestra (PUCMM), de la que
soy orgullosamente parte.
En nuestro país la lucidez de los obispos
tiene que ser reconocida ampliamente cuando
una vez terminada la dictadura trujillista la
principal iniciativa que impulsaron fue la
creación de una universidad en Santiago.
No solo era la primera universidad católica,
de las existentes en el presente, sino también
la primera no estatal y la primera fuera de la
ciudad de Santo Domingo.
Por supuesto, mérito de sobra tienen también
los empresarios de esa zona del país que
convirtieron el proyecto de la PUCMM en el
núcleo central del desarrollo del Cibao.
Los resultados, luego de casi medio siglo, son
asombrosos.
Con la extensión de la PUCMM a Santo Domingo
el proyecto universitario ganó una vitalidad
intensa. Su alcance nacional y su compromiso
con los grandes problemas del país es un hecho
que está a la vista de todos.
Manteniendo la excelencia académica como
norte, la PUCMM es el espacio natural donde se
encuentran regularmente los sectores sociales
más significativos del país para dialogar,
planificar y asumir la solución de los
problemas más relevantes de toda la sociedad.
Como universidad católica, la PUCMM ha
preservado con celo dos rasgos que
lamentablemente son escasos en nuestro medio.
Por un lado, un ambiente de tolerancia y
diálogo fecundo entre docentes, estudiantes y
quienes asisten a las actividades que se
efectúan regularmente. Por el otro, un
compromiso radical con los valores del
Evangelio y la identidad con Jesucristo como
plenitud de la integridad de cada ser humano.
Toda universidad católica, y específicamente
la PUCMM, debe asumir constantemente el reto
de construir el futuro de la sociedad donde se
encuentra inserta. No debe en modo alguno
conformarse con las limitaciones y valores de
la sociedad presente.
Precisamente la imagen evangélica de la
semilla de levadura se aplica perfectamente a
nuestro caso. Sus miembros deben tener rigor
intelectual, compromiso con el ser humano,
especialmente con los más pobres y marginados,
y una creatividad inmensa para abrir las
puertas del futuro ahora. |