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La República Dominicana
arrastra una agenda incumplida de desarrollo
fruto de las profundas desigualdades
socio-económicas.
El Estado y las principales estructuras
económicas están organizados para esquilmar
sistemáticamente la riqueza producida por la
inmensa mayoría y colocarlas en manos de una
pocas decenas de familias.
No importa cuánto crezcamos económicamente
como sociedad, la miseria se incrementa porque
el modelo está diseñado para eso.
Basta estudiar el siglo XX dominicano y este
primer lustro del XXI para observar el
resultado de esta situación y entender la
naturaleza sistémica de nuestro atraso.
La democracia no ha contribuido a mejorar ese
estado de cosas debido a una perversa
interpretación de la gobernabilidad que paga
con hambre y migración forzada una relativa
paz ciudadana.
El efímero gobierno de Bosch y el frustrante
resultado de la Revolución de Abril penden
como una espada sobre la mentalidad política
dominicana, sobornando las reivindicaciones
socioeconómicas de la inmensa mayoría.
De esa deforme gobernabilidad se ha pasado a
una extendida corrupción en los sectores
público y privado, fundamentado en las
soluciones individuales de los agentes
políticos y empresariales.
Frente al modelo aparentemente inamovible de
explotación que nos arropa, muchos de quienes
acceden a cuotas de poder del Estado, sin
importar su signo ideológico, legitiman sus
conductas corruptas como “defensa personal”
ante un sistema empobrecedor.
A su vez los agentes económicos privados
justifican su corrupción -como la evasión de
impuesto o el robo de energía eléctrica- bajo
el mismo predicamento que los funcionarios
públicos.
Si por lo visto ningún grupo político tiene la
profunda vocación de transformar el modelo
socio-económico del país, y quienes predican
su transformación es porque no tienen la menor
posibilidad de acceder al poder –no
necesariamente por sus propuestas- la solución
está en una mayor participación política de la
población, no tanto en función de banderías
partidarias, sino de propuestas específicas de
cambio.
Y empujando dicha agenda a obligar a partidos
y organizaciones a comprometerse con los
cambios que necesitamos.
No podemos seguir con una democracia que se
ejerce desde las gradas. Sin participación
popular en función de cambios específicos y
realistas, nunca saldremos de la miseria de
manera soberana. |