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San Juan de la Maguana, República Dominicana

Gasolina y filosofía

En varias ocasiones, entrando al estacionamiento del intec, tuve que sacar hasta la "Palmita" para demostrar que era dicente de esta institución, a pesar de andar motorizado y que tenía todo el derecho a estacionar allí mi medio de transporte
Fuente: http://www.elcaribecdn.com Autor: David Alvárez Martín
En la década de los 80 era profesor del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec), a donde entré como docente en enero del 1983 gracias a los buenos oficios de Fernando Ferrán Brú y Carlos Dore Cabral. Primero fui profesor de Quehacer Científico, luego de Historia y posterior a eso terminé coordinando el área de historia.

Para ese entonces mi medio de transporte particular era un motor Yamaha 125, de los llamados saltamontes. Vehículo muy útil para el pluriempleo que llevaba.
 
Era docente simultáneamente del INTEC, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) y del Centro Bonó de los Jesuitas, aparte de otras actividades. 

En varias ocasiones, entrando al estacionamiento de profesores del INTEC tuve que sacar hasta la “palmita” para demostrar que era docente de la institución, a pesar de andar motorizado, y que tenía todo el derecho de estacionar mi transporte de dos ruedas entre los de mi colegas que eran de cuatro.

Como todo el que tiene una idea de dicho motor, o lo ha usado, sabe que el combustible se le hecha en el tanque que está justo entre las piernas del conductor, como una prolongación del sillín hacia el manubrio y que a la vez, salvo que se tenga una mochila, ese es el mejor lugar para llevar objetos como libros o maletines, siempre jugando un poco al equilibrismo. El casco, como se acostumbraba entonces, siempre iba en el codo.

En una ocasión, tarde ya y cansado de un día de faena docente, me detengo en la estación de combustible que queda en El Portal, justo antes de llegar a mi casa -vivía detrás de César Iglesias- para llenar el tanque. Cuando el joven que está sirviéndome la gasolina  mira la carátula de un libro que llevaba entre las piernas y lee su título con cierta dificultad en voz alta “Ser y Tiempo” y me pregunta frunciendo el ceño: ¿de qué es ese libro?
 
Yo únicamente atino a decirle, con ganas de concluir ahí mismo el diálogo, “¡de filosofía!” Pero esa noche él estaba más parlanchín o filósofo que yo y me increpó con total naturalidad “¿y para qué sirve eso de la filosofía?” Reconozco que la respuesta mía, en tono y contenido, fue poco caritativa: “¡para mantener a mis hijos!” Pagué la gasolina, me fui a casa, pero la pregunta del gasolinero, desde entonces, no deja de preocuparme.
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