Hay un rumor en el fondo de nuestra
historia. Un murmullo, aun incomprensible,
en el devenir de lo que nos sucede. No es la
voz de fuerza alguna impersonal, ni deidad
insular demandando nuestra atención.
¡Que fácil si ese fuera el caso! ¡Que cómodo
sería obedecer a los payasos que se erigen
como salvadores! No hay palabras para los
que venden su alma por míseras fortunas.
Esos, ni escuchan, ni buscan entender.
Se nos dificulta escuchar, no lo niego, es
tanto el ruido de quienes proponen y se
oponen en este circo en que lo público se ha
convertido, que meditar sobre lo que hay y
lo que somos se torna casi imposible.
Más al fondo, en la pobreza de tantos
millones, en la riqueza que nos expolian una
minoría, en los miedos que nos forjan para
tornarnos impasibles frente al sufrimiento,
en esa bacanal ruidosa de los vencedores, se
escucha el rumor.
Son las voces de Montesinos, Duarte, Luperón,
Bonó, Espaillat, Lugo, Patria, Manolo,
Caamaño, Bosch…y tantos otros. Es el alma de
lo que somos, lo más noble de nuestra
esencia, nuestro destino.
Y no importa el voceadero de tantos
farsantes y traidores, ese rumor sigue ahí,
pasando entre las generaciones, buscando
oídos que escuchen con atención.
La vida demanda, no lo niego, el quehacer
para la subsistencia muchas veces compra el
alma. Que la traición tiene muchos
argumentos razonables...¡lo acepto!..., pero
por favor, no le quiten a sus hijas e hijos
la maravilla de sintonizar con lo mejor de
lo que somos. No le robemos sus espíritus,
dejémoslos ser mejores que nosotros.
No hay bochorno mayor que ver el ánimo de un
joven manoseado por el mercado y la
estulticia, temeroso de los riesgos de la
vida pública y el compromiso patriótico,
esclavizado antes de poder ver la vida.
Estas generaciones, la mía y la que me
antecede, hemos vuelto los mejores sueños de
esta sociedad en una vulgar parodia de
marionetas, doblegados por el vástago
espiritual del sátrapa, canonizamos el
crimen y la prevaricación, exaltamos la vida
muelle y los vicios pequeño burgueses,
volvemos soeces las palabras más sagradas de
nuestros patriotas y mártires con tal de
ganar unos centavos.
La historia, nadie lo dude, nos tratará con
rigor y seremos condenados justamente por la
oportunidad que tuvimos y desperdiciamos. No
es para escandalizarnos, al menos dejemos
que nuestros descendientes puedan escuchar
el rumor que los salvará. Lo nuestro es
causa perdida.