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San Juan de la Maguana, República Dominicana

Dios habla en creole

Sentí un calor intenso y me desplomé arrodillado. En ese momento y lugar vivía la presencia de mi Creador y Redentor, de Dios escuchando, dialogando con ese humilde haitiano
Fuente: http://www.elcaribecdn.com Autor: David Alvárez Martín
Representar a mi universidad me ha deparado sorpresas. Asisto con la conciencia del valor de la presencia física pero usualmente abre espacio para conocer nuevas personas y entender otras experiencias.

Acudir a la conferencia de monseñor De la Rosa Carpio el pasado viernes en la apertura de la Feria del Libro de Higüey no era un compromiso, aunque delegado estaba por la PUCMM. Monseñor De la Rosa es un exquisito orador, siempre salpicado de sabiduría existencial y sólido rigor intelectual, de ideas claras y antropología realista en su enfoque.
 
Escritor que nos vincula a sus textos sin recurrir a efectos rebuscados.

Alina y yo caminamos entre las carpas de la Feria haciendo hora entre el fin de la conferencia de monseñor y el inicio del concierto en la Basílica que patrocina el Banco Popular. Al arreciar la lluvia nos refugiamos en el Santuario de San Dionisio.
 
Dios se vale hasta de la lluvia para colocarnos donde desea.

Nuestra curiosidad nos llevó a adentrarnos en el templo hasta el medio de la nave central y sentarnos a orar.
 
Buscando la serenidad oigo a mi izquierda, en una capilla lateral donde se encuentra el sagrario, una conversación en voz alta pero no estridente, con la suave melodía del creole.
 
Me acerqué y un joven haitiano, delgado, con ropas humildes, de pie, hablaba en dirección al sagrario, oraba sin temor a Dios, gesticulaba con los brazos y el cuerpo, contándole Dios sabe cuales cuitas y apelando una y otra vez a su madre, la Virgen de la Altagracia.

Sentí un calor intenso y me desplomé arrodillado. En ese momento y lugar vivía la presencia de mi Creador y Redentor, de Dios escuchando, dialogando con ese humilde haitiano.
 
Intentaba mantenerme en un Padrenuestro, pero me inundaba de emoción y lloraba, escuchando el nombre de la Altagracia.
 
Por años he vivido el silencio de Dios en mi vida pero ahí, sin títulos académicos ni cuentas bancarias, sin ideologías ni nacionalismos, mi Señor me concedía el privilegio de su presencia en la pobreza total de ese haitiano.

Fueron muchos los minutos hasta levantarme. Ya no estaba el joven haitiano, no sentía el rumor de ángeles que poco antes inundaba la capilla.
 
Esa noche, ni la grandiosidad de la Basílica, ni la Obertura Leonora de Beethoven, logró que olvidara ni por un segundo el dulce nombre de mi Señora, de la Altagracia, en creole.
Cortesía de www.elcaribecdn.com

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