Son las 6 de la tarde del jueves 13 de diciembre. Llevo media
hora en un tapón. Cualquier semáforo es más inteligente que un Amet.
Por radio, ladridos rabiosos amenazan morder al Gobierno.
La miseria de siglos develada por Noel y Olga es carroña
por la que pelean los partidos de oposición.
Los votos se calculan por los muertos, y los análisis
meteorológicos y de embalses destilan perversión.
El argumento central: Leonel Fernández tiene la culpa de
todos los muertos, inundaciones, puentes destruidos, cosechas
devastadas y represas desbordadas.
¡Suena bien! Añadamos también al conteo contra el Presidente a
todos los muertos de Katrina en New Orleans, los muertos e
inundaciones de Tabasco y hasta los miles de Bangladesh. Leonel
sería el dios de las tormentas a escala global. ¡Cuántos disparates
se hablan en nuestra insularidad!
La presente campaña se ha convertido en un banquete de
hienas con los rastrojos aun en sus dientes del millón y medio de
pobres que crearon en el gobierno pasado.
No existe tapujo para predicar las mentiras más obscenas. Como
buenos discípulos de Pinochet -¡la filiación es importante!- les
vale igual robar, mentir o prevaricar, con tal de encaramarse
nuevamente en el poder. ¡Dios no permita semejante castigo!
Cual espectadores ante el carnaval hay millones de
dominicanos con la mano extendida, esperando que “alguien” les
resuelva todos sus problemas.
Inoculados contra la virtud de la organización y el trabajo
comunitario, mendigan del gobierno de turno y de los candidatos en
campaña los mendrugos que les tiran.
Los gobiernos y los partidos se han acostumbrado al ritual.
¡Bien cómodo la tienen! Un país mendicante no puede aspirar ni a
democracia ni a desarrollo.
Dentro de cien años -¡quizás!- tendremos políticos
diferentes y no será por voluntad de ellos sino por las fuerzas del
exterior que nos obligarán a moldearnos.
En esa república futura habrá ciudadanos y ciudadanas, y
estarán extintas las hienas y los mendigos, para dicha de los
descendientes de quienes se queden en esta ínsula. Pero eso es
astrología política.
En el real y duro presente vivimos con mayor sinceridad la
exacta medida de nuestra miseria. Los oropeles del perímetro central
de Santo Domingo o la paradisíaca “provincia” de Punta Cana son pura
ficción.
Somos muy pobres, con muchas hienas y muchos mendigos.