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San Juan de la Maguana, República Dominicana

¡Cristo Resucitado!

Todo ser humano es llamado a resucitar junto con Cristo, he ahí la Buena Nueva. Ese llamado a la resurrección se ofrece como gracia, pero demanda de nosotros la más profunda conversión
Fuente: http://www.elcaribecdn.com Autor: David Alvárez Martín
Por muchas variables que no es menester mencionar aquí, la Semana Santa en nuestra sociedad -y en muchas más iberoamericanas- valora más la pasión y muerte de Cristo que la fiesta de su Resurrección.
 
Se refleja en las liturgias, en los feriados civiles y hasta en las películas que se trasmiten por televisión. Es tanta la tensión del tánatos que se comunica durante el Jueves Santo y Viernes Santo que para el Domingo de Pascua todos llegamos agotados y la creatividad litúrgica es mucho menor que los días precedentes.
 
¡Y es la Resurrección el sentido último de todo el cristianismo!

La resurrección de Jesucristo no es un hecho religioso, íntimo de una confesionalidad. La Resurrección es el acontecimiento óntico más radical de lo existente y por consiguiente de la historia humana. La muerte es vencida y todo lo que existe se proyecta hacia la eternidad.
 
Todo ser humano es llamado a resucitar junto con Cristo, he ahí la Buena Nueva. Ese llamado a la resurrección se ofrece como gracia, pero demanda de nosotros la más profunda conversión. Reconocernos como criaturas, pecadoras, y abrirnos al perdón y reconciliación con nuestro Creador y Redentor.

En Cristo resucitado se rompen las divisiones que establecemos entre el egoísmo de nuestro yo y la alteridad del otro, se suspende definitivamente la pretensión de una vida íntima sin conexión con la sociedad.
 
Múltiples formas de religiosidad, astutamente organizadas, evaden la resurrección de Cristo de hecho para facilitar la permanencia del pecado en nuestras vidas. Es una suerte de cobijo tibio del mal en nuestra existencia para esquivar el llamado de la conversión verdadera.
 
El repertorio de evasivas frente a Jesús Resucitado es variado: se apela a emociones, a “intimismos”, a rigorismos morales, a lecturas literalistas del texto bíblico, a obediencias ciegas hacia liderazgos que excluyan la responsabilidad personal, a convertir en “sagrado” nuestras profundas ansias de poder, a legitimar nuestras prácticas de pecado social, etc.

La única señal visible e inequívoca de que aceptamos a Jesús Resucitado en nuestras vidas es el compromiso radical de construir el Reino de Dios, desde nuestra experiencia individual, hasta nuestra práctica social, en la vida eclesial o secular.
Cortesía de www.elcaribecdn.com

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