Por muchas variables que no es menester mencionar aquí, la Semana
Santa en nuestra sociedad -y en muchas más iberoamericanas- valora
más la pasión y muerte de Cristo que la fiesta de su Resurrección.
Se refleja en las liturgias, en los feriados civiles y hasta en
las películas que se trasmiten por televisión. Es tanta la tensión
del tánatos que se comunica durante el Jueves Santo y Viernes
Santo que para el Domingo de Pascua todos llegamos agotados y la
creatividad litúrgica es mucho menor que los días precedentes.
¡Y es la Resurrección el sentido último de todo el cristianismo!
La resurrección de Jesucristo no es un hecho religioso, íntimo de
una confesionalidad. La Resurrección es el acontecimiento óntico
más radical de lo existente y por consiguiente de la historia
humana. La muerte es vencida y todo lo que existe se proyecta
hacia la eternidad.
Todo ser humano es llamado a resucitar junto con Cristo, he ahí la
Buena Nueva. Ese llamado a la resurrección se ofrece como gracia,
pero demanda de nosotros la más profunda conversión. Reconocernos
como criaturas, pecadoras, y abrirnos al perdón y reconciliación
con nuestro Creador y Redentor.
En Cristo resucitado se rompen las divisiones que establecemos
entre el egoísmo de nuestro yo y la alteridad del otro, se
suspende definitivamente la pretensión de una vida íntima sin
conexión con la sociedad.
Múltiples formas de religiosidad, astutamente organizadas, evaden
la resurrección de Cristo de hecho para facilitar la permanencia
del pecado en nuestras vidas. Es una suerte de cobijo tibio del
mal en nuestra existencia para esquivar el llamado de la
conversión verdadera.
El repertorio de evasivas frente a Jesús Resucitado es variado: se
apela a emociones, a “intimismos”, a rigorismos morales, a
lecturas literalistas del texto bíblico, a obediencias ciegas
hacia liderazgos que excluyan la responsabilidad personal, a
convertir en “sagrado” nuestras profundas ansias de poder, a
legitimar nuestras prácticas de pecado social, etc.
La única señal visible e inequívoca de que aceptamos a Jesús
Resucitado en nuestras vidas es el compromiso radical de construir
el Reino de Dios, desde nuestra experiencia individual, hasta
nuestra práctica social, en la vida eclesial o secular.