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El debate sobre
nuestra identidad como nación y la importancia
de clarificar dicha cuestión para impulsar
nuestro desarrollo como país parece que no
tiene voces que se le opongan.
Suponemos, casi todos, –siempre es bueno dejar
espacio para la disidencia- que no hay forma
de alcanzar un nivel de bienestar
generalizado, en un contexto político de
soberanía, si no nos articulamos en torno a un
proyecto de nación que sea racional, solidario
y creativo.
Dicho de otra manera, si todos los dominicanos
y dominicanas no somos capaces de comenzar a
trabajar coordinadamente en la búsqueda de
nuestra felicidad colectiva sin caer en el
azar irracional, el egoísmo o las tradiciones
pesimistas, entonces el atraso y la inequidad
nos acompañarán por siempre.
La identidad, entendida de esa manera, no es
una suerte de destino o rasgo inamovible de
los que nacemos en estas dos terceras partes
de isla, sino que constituye un proyecto a
elaborar por la mayoría, pensado para
bienestar de todos (no de unos cuantos) y
utilizando el mejor talento disponible para
vislumbrar los fines y medios que necesitamos
para lograr el mayor bienestar posible.
La identidad no es por tanto una cuestión de
pasado, sino una utopía a construir. En lugar
de intentar replicar modelos del pasado, se
nos impone modificar las conductas anteriores
y actuales, que nos mantiene en el atraso y la
desigualdad, para desarrollar conductas y
modelos de producción que impulsen el
bienestar social ansiado por la mayor parte de
nuestra sociedad.
En el contexto del debate sobre la reforma
constitucional en que estamos inmersos, gana
relevancia el tema de lo que es la nación
dominicana y las metas que queremos alcanzar.
Algunos, completamente equivocados, centran su
interés en la metodología a seguir, en lugar
de impulsar propuestas específicas.
Democratizar el debate sobre la Constitución
no se reduce a defender asambleas populares o
una constituyente.
Toda identidad social se legitima en el pleno
reconocimiento de los derechos humanos (para
trascender el autoritarismo, el pesimismo y
las visiones providencialistas). No es
cuestión cuantitativa, sino cualitativa.
Únicamente en democracia la identidad nacional
tiene posibilidad de ser la expresión genuina
de una sociedad, en sus elementos unificadores
y sus matices diferenciadores. |