He meditado mis rasgos y me he
dado cuenta que éstos son muy diferentes a los tuyos. Por eso
he levantado la mirada hacia Ti, para que motive mi fe y la
lleve a la perfección (Hb 12,2). Yo soy uno de aquellos que no
te han visto y, sin embargo, te aman y creen en Ti. Por eso
siento ¡una tremenda alegría! (1Pe 1,8), la cual no podría
expresar con palabras.
Aquí estoy Señor, dispuesto a
seguirte, para ir a anunciarte a otros (Jn 1,40). Dame la
fuerza necesaria para poder proclamar tu Buena Noticia a los
pobres, como Tú dijiste de Ti mismo (Lc 4, 18).
Aunque no he estado contigo desde
el principio, quiero hablar en tu favor. “Lo que he visto y
oído” sobre Ti quiero darlo a conocer a los demás (1Jn 1,3).
Dame la oportunidad de tener tu
pensamiento (1 Cor 2, 16). Dame la gracia de sentir con tus
sentimientos (Rom 15,3), de actuar con los sentimientos de tu
corazón, para amar como Tú amas al Padre (Jn 14,31) y así como
nos amas a cada uno de nosotros, hasta el extremo (Jn 13,1).
Nadie más ha tenido mayor amor
que Tú. Tú mismo dijiste: “No hay amor más grande que éste: dar
la vida por sus amigos” (Jn 15, 13) y Tu diste la vida por tus
amigos, muriendo en una cruz (Fil 2,8). Dame las fuerzas
necesarias para entregar mi vida, en el día a día (Lc 9,23),
actuando en lo posible, con tu misma disposición, tomando la
condición de servidor (Fil 2,7). No haciendo las cosas para
recibir alabanzas o por vanagloria, porque esto no me serviría
de nada (1 Cor 13,3), sino estimando y tratando a los demás
como superiores a mí (Fil 2,3-4).
Enséñame el modo de tratar a los
amigos, como Tú trataste a los discípulos, yo quiero tratar a
mis amigos con la delicadeza que Tú trataste a los tuyos (Jn
21,14-15), por ejemplo: preparándoles comida en el lago de Tiberíades (Jn 21,9-13) o lavándoles los pies (Jn 13,4.5).
Enséñame a amar, para poder poner en práctica tu mandamiento
sobre el amor (Jn 15,17), porque si yo no tengo amor, nada soy (cfr.
1 Cor 13). Yo quiero estar afianzado en el amor (Col 2,2).
En el trato con los demás quiero
estar lleno de bondad y amor y deseos de servirles siempre (Mc
10,43), siguiendo tu ejemplo, que viniste para servir (Mt
20,28). Quiero ser atento y acogedor con los demás (Rom 15,7;
Lc 9,10).
Permíteme un amplio conocimiento
sobre la vida humana, para que mis prédicas, mis discursos y mis
escritos estén al alcance de los humildes y sencillos, aquellos
que Tú tanto amas. Dame esa vida abundante que Tú viniste a
traer (Jn 10, 10) y dame la gracia para yo poderla compartir con
los demás.
Que yo pueda ser como Tú, que vas
sembrando amistad con todos (Jn 15,15), especialmente con tus
amigos predilectos (Jn 13,23) o aquella familia de Betania
(Lázaro, Marta y María) que Tu querías mucho (Jn 11,5) y
llenando de alegría con tu presencia una fiesta familiar (Jn 2,
1-11).
Te pido, Señor Jesús, que me
enseñes a mirar con cariño y ternura, como Tú miraste a Pedro
cuando lo llamaste (Jn 1,42; Mt 16,18; Mc 1,17) o para
levantarlo (Lc 22,61) o la mirada que le diste al joven rico,
aquel que no quiso seguirte (Mc 21,10) o como levantaste los
ojos para fijarte compasivamente en aquella muchedumbre que
venía hacia Ti (Mc 3,34; 5,31; 10,23; 6,34; Mt 14,14; Jn 6,5).
También enojado y con ira cuando miras a los insinceros (Mc 3,5)
o cuando pronunciaste las maldiciones sobre los ricos, los
poderosos y los satisfechos (Lc 6,24-26). Quiero aprender de
Ti, siguiendo tu ejemplo, de total entrega de amor al Padre y a
los seres humanos, especialmente a los pobres, sintiéndome
puesto contigo, cerca de Ti y enviado por Ti (Mc 3,14). Si,
Señor, llamado por ti para estar contigo y para enviarme a
predicar con poder. Quiero ser enviado para ir y producir mucho
fruto que permanezca, porque “en esto ha sido glorificado mi
Padre: en que den fruto y sean mis discípulos” (Jn 15, 16).
Señor, enséñame a orar, como Juan
enseñó a sus discípulos (Mc 11, 1), porque estoy conciente como
nos enseño nuestro fundador: “Hay que
orar, orar más, orar mejor, orar siempre y no cansarse nunca de
orar”.
Dame esa gracia, también a mi
Congregación, la gracia de tener tu mismo pensamiento y
sentimientos, para poder proceder de acuerdo a tu espíritu.
Quiero identificarme contigo, con
tu Evangelio, tus bienaventuranzas (Mt 5, 2-12; Lc 6, 20-26), tu
servicio a los pobres y necesitados, como lo soñó nuestro
fundador, Alfonso María de Ligorio: Vivir la alegría de la
pobreza. “Les recomiendo, la alegría de la pobreza
–decía San Alfonso-, para que cada uno se contente con lo
necesario, como limosna recibida del Creador”.
Ayúdame a tener respeto absoluto
a la grandeza del pobre, como nos dijo San Alfonso: “En las
misiones procuremos por todos los medios ser corteses con
quienes nos acogen. Hablemos con gran respeto y sin herir a
nadie, pues a todos hay que tratar con amor y mansedumbre, pero
más todavía a la gente popular”.
Te estoy pidiendo mucho, no te me
vayas a cansar, esta es la última petición, enséñame a dar
gratuitamente aquello que gratuitamente yo he recibido (Mt
10,8).
Amigo lector: si por suerte te
gusta este artículo, como lo espero, te pido por favor, me
encomiendes a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del
Perpetuo Socorro, para que ella me ayude a poner en práctica
estos mis deseos. Pide para mí esta gracia, que yo te prometo
pedirla también para ti y darte mi bendición, sea quien sea que
me haga este favor.
Gracias, Señor, por esa luz que
inunda todo mi ser.